Santa Maradona

Zadie & Ira & David feb 23, 2013

Estaba aquí haciendo tiempo. No tengo tema. Estoy haciendo tiempo.

En realidad estoy evadiendo responder un correo, pero me gusta la idea de decir que estoy haciendo tiempo, como si el tiempo se pudiera hacer. Lo otro que estoy haciendo es encontrando un tema, que de momento no tengo. Este es uno de mis demonios, perder el tema, no saberlo encontrar.

La otra noche fui a ver a Ira Glass, un mancito que hace un programa de radio que vengo oyendo desde hace muchos años ya, y que vino a Berkeley a conversar de cosas varias. Fui solo, porque en general me gusta ir a estas cosas solo. No siempre fue así. Antes, cuando vivía en Colombia, de encontrarme solo me quedaba en la casa. Antes, cuando evitaba el uso frecuente de frases eufemísticas lamentaba simplemente no tener a nadie con quien ir a donde va uno con alguien que quiera ir a esas partes a las que uno también quiere ir. Si era cuestión de ir a cine, evitaba los viernes en la noche, o los sábados, o el fin de semana en general, que eran los días de preferencia por las parejas (entre otros). Pocas cosas tan inconvenientes como estar parado en la fila mientras te flanquean sendos amantes discutiendo qué tanto se quieren o lo insoportable que es la felicidad a veces. Antes no había teléfonos mágicos conectados a internet para disimular la vaina. Antes no había como ahora la oportunidad de comprar la entrada via cibernética y evitarse ese momento frente al vendedor de los tiquetes, las tripas propias en breve confusión, me vende una para “Los Expedientes X”. ¿una?. una.

Zadie Smith escribe sobre La Felicidad y La Alegría y cuenta las diferencias. Me gusta esta parte, por alguna razón.

“My other source of daily pleasure is—but I wish I had a better way of putting it—”other people’s faces.” A red-headed girl, with a marvelous large nose she probably hates, and green eyes and that sun-shy complexion composed more of freckles than skin. Or a heavyset grown man, smoking a cigarette in the rain, with a soggy mustache, above which, a surprise—the keen eyes, snub nose, and cherub mouth of his own eight-year-old self. Upon leaving the library at the end of the day I will walk a little more quickly to the apartment to tell my husband about an angular, cat-eyed teenager, in skinny jeans and stacked-heel boots, a perfectly ordinary gray sweatshirt, last night’s makeup, and a silky Pocahontas wig slightly askew over his own Afro. He was sashaying down the street, plaits flying, using the whole of Broadway as his personal catwalk. “Miss Thang, but off duty.” I add this for clarity, but my husband nods a little impatiently; there was no need for the addition. My husband is also a professional gawker” [Joy, Zadie Smith]

Comer era otra cosa. Entrar a un restaurante en solitario era una cosa nunca vista. Uno parado frente al maître d, a su vez debatiéndose entre el pesar y la prudencia, a su vez imaginando la complicación logística de sentar a uno sola persona sola en un universo diseñado para los acompañados; uno haciendo lo posible por ofrecer una imagen distinta, tal vez del empresario (bueno, del hijo del empresario) que hace tiempo mientras los demás se desocupan. ¿Yo solo? Es temporal. Es que de hecho me están esperando. Seguramente, en alguna parte.

Uno solo era en permanente evasión. La ausencia de la gente lo hacía todo a la vez más complicado y más inútil. Tal vez no inútil, tal vez más sinsentido. Cuál es el punto de ir a ver Los Expedientes X y no poder lamentar en compañía la absurda decisión de los productores de involucrar emocionalrománticamente a Mulder y a Scully.

El punto es que fui a ver a Ira Glass en Berkeley. Solo. A mi izquierda una pareja de viejos que se pasaron los diez minutos previos al evento rascándose alternadamente las respectivas espaldas (otra de las desventajas de andar por ahí en solitario) y a mi derecha ese santo grial del establecimiento socioafectivo moderno: un par de parejas en cita doble queriéndose por duplicado el doble que todos los demás.

Entonces Ira no decepcionó. Llegada la hora, finalizadas las presentaciones del caso y demás actos de protocolo. Las luces se apagaron. Y Ira empezó a hablar. Según dijo, él era, después de todo, un hombre de la radio. Contó un par de chistes, nos reímos. Contó una historia, y escuchamos. Y nos fuimos olvidando lentamente del escenario absurdo, cientos de personas oyendo a un man, sin poder ver a nadie. A uno se le olvidan estas cosas, es lo que quiero decir.

En los momentos más graves del año pasado le preguntaba de estas cosas a mi terapista. Es una pregunta increíblemente adolescente. Qué le vamos a hacer. Por qué fue todo así. Por qué no de otro modo. Es como el chiste del man que va en contravía por la autopista y llama a la policía a reportar que hay un montón de locos manejando en la dirección contraria. En algún momento uno se pregunta qué era lo lamentable que uno tuvo y que lo hizo forastero en todas partes.

Es obvio que Zadie y Ira y David y yo hubiéramos sido los mejores amigos de haber coincidido en, digamos, el espacio tiempo. ¿Por qué no lo fuimos? ¿En dónde reporta uno estas obviedades?

Se suponía que esto iba a ser algo más gracioso y sospecho que ha salido un emodesastre. Digo sospecho, porque no pienso volver arriba a leer. Le deseo suerte a los párrafos y le pido perdón a usté que siempre me sorprende leyendo hasta el final.

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