Santa Maradona

Veneno Vil dic 13, 2011

La historia es que este profesor universitario decide que ha visto suficiente de esta realidad y concluye que debe dar un paso al costado. Y no es nada que usté no haya visto antes, la gente va y viene todo el tiempo, y por distintas razones todas siempre válidas aunque a veces no tanto lógicas o sinceras. Antes de irse, sin embargo, decide otorgarse un último placer. Vivimos en la edad de la lujuria, después de todo, del narcisismo en traje filosofal. Escribe una carta, un manifiesto, un panfleto, un monumento a la estupidez. Lo hace público, como no. ¿Si un profesor universitario se queja de sus estudiantes en un bosque lejano y nadie lo puede oír, existe el profesor? ¿Existen los estudiantes?

La historia luego la toma uno de los diarios más importantes de Colombia y lo que debió haber terminado en un simple gracias por sus servicios, termina en un torpe debate sobre si la educación está bien o está mal, sobre si los pelaos de hoy en día son zombies o no son zombies infectados por la última creación del diablo verde, las redes sociales que deshumanizan y destruyen y no hacen nada absolutamente nada bueno por nuestra sociedad.

Los científicos deberían inventarse una máquina del tiempo, indio que se queje de la gravedad del presente y promulguen el oscuro pronóstico del futuro, lo empacamos y lo mandamos al pasado y lo dejamos allá, a una época en donde no haya penicilina, ni radio, ni luz eléctrica. Si van a llorar, que lloren por algo.

Uno puede leer el panfleto y pensar: no hay nada aquí. El hombre no quiso hacer más lo que hacía y ya está.

Uno puede leer el panfleto y pensar: sus razones traen algo de cierto, la juventud vive muy distraída con tantas opciones que hemos creado para ellos. Solo piensan en dinero y en la vía fácil y este camino hay que recomponerlo.

Uno puede leer el panfleto y pensar: todo sería más eficiente si los autores escriben de una vez los libros resumidos y no el libro completo. Así todos felices y no perdemos el tiempo en discusiones estériles y bizantinas.

Uno puede leer el panfleto y pensar: el que lo escribió se ha vuelto obsoleto por la modernidad. El mundo ha cambiado, la gente con él. De este camino no hay regreso. Internet como el medio más democrático jamás inventado está aquí para quedarse con todas sus virtudes y defectos.

Uno puede leer el panfleto y pensar: eso no es lo que el mancito dijo, sino esto otro o aquello más.

La primera reacción que tuve al leer el panfleto fue de ira. La expresé, irónicamente, en tuiter. Como profesional, que tal vez ha tenido más o mejores oportunidades que otros compatriotas, siento una responsabilidad por el que viene. No concibo la vida como una serie de exámenes que superar, no creo que las vicisitudes innecesarias autoimpuestas sean el método para fortalecer el carácter, creo que hay que edificar, que lo que hay, hay que mejorarlo siempre. No quiero ser colega del que escribió el panfleto, no quiero que mis hijos sean estudiantes de profesores que piensen como él, no quiero que Colombia tenga gente que piense como él. La vida es lo que hacemos de ella, dice el cliché, si renunciamos cuando el camino se empina, hacemos de la vida la disertación de los cobardes.

Mi terapista dice que debo acusar recibo de la ira, y luego pedirle que espere en el lobby. Y mientras eso ocurre permitirle a la parte dominante de mi cerebro tomar control.

Entonces me pregunto: ¿tiene el hombre la razón?

Por supuesto que no, el panfleto sigue siendo la definición de la estupidez vergonzosa.

Pero: ¿tiene la razón?

Colombia tiene esta relación sicótica con el dinero. Lo queremos, lo deseamos, sabemos que estaremos mejor si tenemos más de ello. Pero al mismo tiempo lo demonizamos. Encontrarse a algún personaje que gane mucho dinero y de una encontraras a sus críticos. Creemos que la gente que tiene dinero usa eso y solo eso para tomar todas las decisiones que tiene en la vida. Tal vez es que hay una diferencia enorme entre los pocos que ganan mucho y los muchos que ganan poco. Tal vez es que nuestro pasado religioso nos ha enseñado que el dinero envilece, que el único camino de una vida justa y decente pasa por no tener mucho, por vivir para sobrevivir, que el dinero es tentación, que el que lo consigue no es bendecido ni exitoso ni trabajador, es simplemente villano.

Usté va por el mundo y se da cuenta que la gente hace más, crea más, logra más, adelanta a la humanidad, cuando tiene acceso a ciertas comodidades. La adversidad enseña a la gente a apreciar cosas, pero no es el único camino, la vida no es el libro de Job. Habiendo crecido en una casa en donde no hubo mucho, no quiero eso para mis hijos. Hay que edificar. Llegué hasta aquí a pesar de las dificultades, no gracias a ellas. Y mi responsabilidad es al mismo tiempo esperar y exigir lo mejor de mi gente, sin excusas, sin traumas, sin culpas. Si haces lo mejor que pudiste, el mundo estará en paz, lo habrás cambiado para bien, ¿qué más puede uno pedirle a otro ser humano?

Hace un tiempo, cuando era un joven tratando de decidir si embarcarme en la aventura de un doctorado era una buena idea me topé con un artículo en la revista Wired titulado “Why the future doesn’t need us“, algo así como “Por qué el futuro no nos necesita”. Era una exploración sobre el avance descontrolado de nuestras creaciones tecnológicas que podrían (o podrán, según el tono del articulo) convertirnos en robots, producir híbridos entre humanos y robots, o simplemente iniciar la extinción de la raza humana. De vez en cuando aparecen artículos con el mismo tono, tal vez con conclusiones menos drásticas, pero siempre enviando un mensaje de alerta del peligro tecnológico. En estos últimos años el turno ha sido para las redes sociales. Que deshumanizan, que destruyen la posibilidad del contacto en vivo y en directo, de la interacción social de verdad verdad, que las construimos, que las hacemos, que trabajamos para ellas, gratis, y que a través de nuestro trabajo enriquecemos a unos pocos creadores de estos medios, quienes, a su vez, han logrado convencernos de que cosas como cuantos seguidores tiene uno o cuantos amigos o lo que sea son la verdadera medida del status social, del valor de la persona en el mundo.

Decir que lo que hacemos cuando tuiteamos o estamos en Facebook es solo para enriquecer a unos pocos es como decir que los humanos creamos el lenguaje para enriquecer a la gente que hace diccionarios.

Internet es mi religión. Siento una fe profunda en la gente que la habita. En muchas ocasiones he insultado a otros, los he ofendido. Nunca ha habido mala intención. Lo he hecho como el capitán del equipo que grita a su compañero, porque solo si el otro es mejor, yo soy mejor. Yo crecí en un pueblo de pocos habitantes, donde la gente sobrevivía apenas y lo poco que conseguía era para gastarlo el fin de semana tomando. Crecí viendo futbol pero sin nadie que quisiera hablar del catenaccio o de la virtud táctica de los que jugaron mejor el juego. Era todo superficial, sin esperanza. Como doscientos años atrás, la gente vivía como si el futuro ya estuviera escrito, vivido incluso. En otra parte me juzgaron por lo que yo podía hacer, por lo que había en mi cabeza, por lo que pensaba, internet amplificó eso en muchos niveles de magnitud. Encontré a mi gente. Mi gente me encontró a mí. Páginas en geocities, blogs, Facebook, twitter, redes, bytes, links, los caminos que conectan a mis hermanos en la fe. A mi gente. En donde hay quien también le unta mermelada de guayaba al sanduche de mantequilla de maní, en donde también hay quienes como yo cambiaron de carrera profesional, en donde hay quienes hablan de física cuántica con el mismo entusiasmo con que hablan de la táctica de Guardiola, en donde hay quienes leen a Harry Potter en las mañanas y a William Gaddis al atardecer. Pretender que lo único que hacemos es coleccionar seguidores para alimentar un imaginario ranking social es desconocer la esencia de lo que aquí hacemos, de lo que estamos construyendo. Pretender que lo único que hacemos es coleccionar seguidores es una interpretación perversa de lo que esto es. Y si no entiendes el medio, si no hablas el mismo idioma, ¿por qué esperas que el otro te entienda? ¿Si no hablas mandarín, te entenderían en la China? ¿Les dirías entonces, a los chinos, que deben aprender español o inglés porque es lo que tú hablas?

Internet es mi religión, la solución a mi soledad.

¿Es posible carecer de interés? ¿Es posible simplemente ser sin querer ser? Esta es la mejor época que la humanidad ha conocido. No hay duda. Pero es además una en la que es muy difícil estar vivo, ser feliz. Cuando era adolescente, leí emocionado las historias de De Broglie, Bohr, Planck, Schrodinger, Heisenberg. Una generación que construyó ella sola una de las teorías del universo más espectaculares que el hombre haya conocido. Se tardaron un cuarto de siglo, construyeron sobre los hombros de gigantes y tal, pero fueron ellos, tenían la ecuación y una visión distinta del mundo invisible. Nuestra generación, mi generación nunca vio algo semejante. Y cada vez será más difícil, supongo, a principios de siglo todo estaba por descubrirse, hoy te puedes pasar toda una vida sólo tratando de ponerte al día. Se hace cada vez más difícil dejar tu marca en el mundo. Se hace cada vez más difícil cambiar el mundo. Y sin embargo, escribí el otro día, los puristas le confirmarán que tu sola presencia cambia el mundo, lo cambia a diario, lo cambia siempre. Lo que hace falta es vivir, estar.

Debe ser difícil ser joven en esta época. Bufones diciendo que no pudieron “conectar” contigo. Bufones diciendo lo que hay que hacer. Esta es la forma, este es el método. Y todo cambia, todo el tiempo. Tuve un profesor universitario que una vez quiso proponer la vuelta de las reglas de cálculo, que el reencuentro con los números los hará más fuertes, mejor preparados para las batallas profesionales que se cruzarían en el camino, sin advertir siquiera que a las batallas íbamos armados de calculadoras científicas poderosas, que hacían gráficas, y resolvían ecuaciones diferenciales por doquier, y que tenían incluso un ojo mágico infrarrojo que servía para comunicarse con las otras calculadoras, tal vez para burlarse de la incapacidad de esta raza humana, tan preocupada por recordar, tan apta para olvidar.

Yo no sé de cierto si los estudiantes modernos saben o no saben redactar. O si prefieren una vida sin contratiempos o una vida de propósito. Yo fui afortunado, supongo. Tuve siempre profesores que se preocuparon por mí, que me enseñaron, ecuaciones y adverbios y geografías de lugares que nunca visité. Desconozco las razones, pero les agradezco la insistencia que tuvieron cuando me escapaba del salón de clase a seguir por radio la transmisión en vivo y en directo de Lucho Herrera pedaleando a toda velocidad por los Alpes franceses o a jugar fútbol creyéndome Willington Ortiz. Me enseñaron a ser autodidacta, me enseñaron que aunque el talento es eso que te hace creer que se puede, cuando el camino se empina lo único que te ampara es la disciplina. Y cuando fallaron, tuvieron la decencia de intentarlo de nuevo. No fallaron siempre, de eso estoy seguro.

“God is just what happens when humanity is connected.

The truth is, we all have this same cross to bear. I needed a couple extra DNAs to really get it. But everything we achieve is built on the sacrifices of others. Whether it’s the freedom we enjoy because of the soldiers who fight for our country, or the scientists who invent the cures that keep us healthy. We are all connected, we are all in debt to each other, we all owe every moment of our lives to countless people we will never meet.

The internet gives us the opportunity to pay back a small part of that debt. As a child, I believed in Creationism, that the universe was created in 6 days. Now we are the creators. Every one of us has our own unique skills and talents to contribute to creating the kingdom of God. We serve God best when we do what we love for the greatest cause we can imagine.”

Jim Gilliam

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