Santa Maradona

Un Ejército Enemigo may 28, 2012

Hay novelas que son, en esencia, un vehículo en donde van en sobrecupo las opiniones del autor. Tiene mucho que decir, sobre lo malo que anda el mundo, sobre como se puede arreglar, casi nunca sobre lo bien que va todo. En estas novelas casi nunca pasa nada. La crítica favorece a estas novelas. Porque todos necesitamos, se supone, alguien que nos explique el mundo. Hay otras novelas en donde la acción es lo que importa. La gente hace y deshace y la explicación del mundo viene a traves de las reacciones de los que viven el drama. La crítica no favorece estas novelas. El experimento es siempre mundano, lo que vale es lo intelectual.

Como yo lo veo, Ejército Enemigo, la novela de Alberto Olmos, es una forma del primer grupo. Yo pensé que no me iba a gustar. De hecho, todavía no sé si me gusta, y aún así sigo volviendo a estos pedazos que he subrayado, por las explicaciones del mundo. La historia es la de un hombre, Santiago, al que su recién fallecido (asesinado?) amigo le ha dejado la contraseña de su correo electrónico. Una rara herencia, y Santiago se encuentra de pronto envuelto en la deconstrucción de esta vida ajena, la del amigo militante de las causas sociales.

El libro está lleno de pequeñas frases para llevar. Casi que concebidas para ser pegadas en tuiter, convertidas en instrumentos virales del conocimiento.

Lo que descubre uno con treinta y cinco años es que todo lo había descubierto ya con treinta.

Yo sólo busco anotarme, registrar lo que vivo; no hago biografía, hago inventario.

¿Quién hace algo en serio los domingos por la tarde? Dime dónde estás los lunes y te diré por qué el sistema funciona.

—Ahí está la putada. Ya no se hacen las cosas para que cambie la realidad, sino para que se sepa que se hacen cosas.

Nadie compraría nada en este mundo si lo pensara un poco.

Me avisa cuando esté a punto de destruir el computador. Todo es cierto. Como que inobjetable, como que se cae de maduro, como que te deja pensando que hace tanto tiempo no escuchabas estas ideas expresadas de esa manera tan elocuente y que te deja tanta nostalgia por los momentos en que tú, así embriagado de intelectualidad, discutías con tus amigos las teorías y explicaciones de lo siniestro y lo evidente que es la vida misma.

Pero si uno es paciente, llega una explicación, digamos una que después de tantos años de tener un blog que no lee nadie ya se estaba haciendo necesaria.

Internet había obligado a la gente a expresarse por escrito, y eso hacía de leer una forma de conocimiento personal. Las faltas de ortografía eran como corbatas mal anudadas, zapatos sucios, uñas mordidas. Las frases cortas parecían pasos pequeños o tendencia a tamborilear sobre la mesa. Un vocabulario selecto remitía a fumadores en pipa o a pedofilia. Escribir todo en mayúsculas denotaba afán de protagonismo; utilizar abreviaturas propias de sms, prisa por follar. La tipografía era un rostro, y leer, mirar directamente a los ojos.

Prisa por follar, dice. Y hablando de follar, esto otro.

El voyeurismo se volvió solidario, y todos aquellos que disfrutaban de una vecina ciertamente ligera de cascos (nunca echaba las cortinas) o de un encuentro casual con el coito ajeno (en un parking, un parque, unas escaleras, un cajero automático) relegaron el disfrute privado de tal hallazgo en beneficio de su grabación con la cámara del móvil, para después subirlo a la red y masturbarse mientras congelaban las imágenes, tomadas por ellos mismos.

Por ellos mismos, dice. Por usté, quiere decir.

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