Santa Maradona

Twitterdistán may 23, 2011

Las posibilidades literarias que vinieron con Twitter no tienen medida. A continuación varios ejemplos, algunos a medio hacer.

Vine a Twitter porque me dijeron que aquí escribía mi padre.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel @AurelianoBuendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre tuiteó un enlace sobre el hielo. Twitter era entonces una aldea de 20 servidores de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Internet era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

I was thirty-seven then, strapped in my seat as the huge 747 plunged through dense cloud cover on approach to the Hamburg airport. Cold November tweets drenched my timeline and lent everything the gloomy air of a Flemish landscape: the followers in rain gear, a hashtag atop a squat timeline, a trending topics billboard. So —Twitter again.

You should follow @ismael on twitter.

I am seated in an office, surrounded by tweets and followers. My posture is consciously congruent to the shape of my hard hair. This is a cold room in University Administration, wood-walled, Remington-hung, double-windowed against the November heat, insulated from Administrative sounds by the reception area outside, at which Uncle Charles, Mr. deLint and I were lately received.
I tweet in here.

Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing a bowl of lather on which a mirror and a razor lay crossed. A yellow dressinggown, ungirdled, was sustained gently behind him by the mild morning air. He held the bowl aloft and retwitted:
—Introibo ad altare Dei.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que tuiteaba un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su timeline.

The tweets arrived at noon, a long shining line that coursed through the timeline. In single file they eased around the orange I-beam page and moved toward the bottom. The tweets were loaded down with carefully imagined suitcases full of light and heavy clothing; with boxes of blankets, boots and shoes, stationery and books, sheets, pillows, quilts; with rolled-up rugs and sleeping bags; with bicycles, skis, rucksacks, English and Western saddles, inflated rafts.

Renowned curator Jacques Saunière staggered through the vaulted archway of the museum’s timeline. He lunged for the nearest follower he could see, @Carravagio. Grabbing the gilded monitor, the seventy-three-year-old man heaved the screen toward himself until it tore from the wall and Saunière collapsed backward in a heap beneath the canvas.
As he anticipated, a thundering iron gate fell nearby, barricading the entrance to the suite. The parquet floor shook. Far off, an alarm began to ring.

Early in the morning, late in the century, Cricklewood Broadway. At 0627 hours on January 1, 1975, @AlfredArchibaldJones was dressed in corduroy and sat in a fume-filled Cavalier Musketeer Estate facedown on the computer screen, hoping the next tweet would not be too heavy upon him.

The essential fact is that I followed her.

It was a wrong profile that started it, the twitter timeline updating three times in the dead of night, and the user on the other end messaging for someone he was not. Much later, when he was able to think about the things that happened to him, he would conclude that nothing was real except chance. But that was much later. In the beginning, there was simply the tweet and its consequences. Whether it might have turned out differently, or whether it was all predetermined with the first tweet that came from the stranger’s mind, is not the question. The question is the tweet itself, and whether or not it means something is not for the tweet to tell.

¿Encontraría a la @maga? Tantas veces me había bastado mandarle un DM, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la @maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

—Cuatro —dijo el @Jaguar.
Los avatares se suavizaron en el resplandor vacilante que el globo de luz difundía por el monitor, a través de escasas partículas limpias de vidrio: el peligro había desaparecido para todos, salvo para @PorfirioCava. Los dados estaban quietos, marcaban tres y uno, su blancura contrataba con el suelo sucio.

Lees ese tuit: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el tuit. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. Tú retuitearás.

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