Santa Maradona

Todos los miedos en un día jul 20, 2014

El viejo tiene cáncer pancreático. Es lo que ha dicho el médico. Dijo otras cosas, pero yo escuché hasta ahí. Es un cáncer traicionero, no mostró las cartas hasta que supo que ganó. Los médicos lo venían sospechando desde que entró al hospital hace unas semanas, pero los otros síntomas estorbaron el diagnóstico todo este tiempo. El lunes pasado, ya entre la frustración y la urgencia, programaron una cirugía para el viernes, hoy, ayer, a las siete y media de la mañana. Poco más de una hora después el cirujano llegó con el reporte de haber sacado una masa de varios centímetros que se fue para algún análisis que no entendí, cuyos resultados condicionarán los pasos a seguir. Pero el daño es extenso, los pasos posibles no serán muchos, tal vez ni siquiera existan.

Hace un rato me sorprendí escribiendo de él en tiempo pasado. No estoy preparado para el tiempo que nos queda.

Siempre fue muy distante el viejo. Muy celoso de sus sentimientos. Guardián del poder que tiene la percepción sobre la realidad. Fue muy duro conmigo, además. Que era por mi bien, me dijo muchas veces. Supongo que es la norma en Colombia. Vivimos vidas tan distintas él y yo que siempre sus consejos parecían para un destinatario distinto, absolutamente fuera de foco. Ese bien para mí que él siempre quiso, en realidad nunca lo pudo definir. No realmente. Pero ha sido mi marco de referencia. Mi vida la cuento como su paralelo y su extensión. Heredé su mal genio, sus migrañas, su sensibilidad —esa sensibilidad que ahora detesto—, su pasión inconclusa por la pintura—que en mí tiene otro nombre, su mala suerte en el matrimonio, su terquedad para hacerlo funcionar en nombre del hacer lo correcto pero no el estoicismo para pagar el precio. De él aprendí a esconderme del mundo y a sonreír mientras lo hacía. Su desparpajo fue siempre un enigma, era el síntoma de algún secreto de vida que nunca me contó, o era simplemente la renuncia a crecer del todo. Quién sabe.

Yo salí de la casa cuando tenía quince años. Y desde eso la distancia con mis padres no ha hecho sino crecer. Esa distancia no me preparó para la fuerza de esta realidad. No sé de dónde vienen estas lágrimas. No sé por qué no se acaban. Hace muchos años, alguien dejó en la casa una de esas latas de pintura que se usan para hacer grafiti. Yo era muy niño y llevado más por la curiosidad que por la rebeldía empecé a garabatear cosas en la pared del patio. Mi papá no logró encontrarle la gracia al resultado. Pero no me regañó. No dijo nada, de hecho. Lo que hizo fue ir por pintura blanca para cubrir mi desastre. Y luego, sobre ese parche blanco, pintó una reproducción de una obra de Picasso (La Cocina, creo que se llama). Fue la primera vez que lo vi pintar. Es una de las memorias más viejas que tengo, de esas que me rehuso a olvidar. No se habló más del asunto, y nunca le dije por ejemplo que ese día me di cuenta de lo poco que lo conocía, que él era más que esta figura que regañaba y trabajaba de sol a sol y prefería comer solo en la cocina. Una persona que en los años venideros me empeñaría en conocer completamente. Ojalá nos haya alcanzado el tiempo.

Yo salí de la casa cuando tenía quince años, cuando él tenía los años que tengo ahora. Hay algo brutal en eso.

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