Santa Maradona

Tecondo ago 01, 2011

Antes de apostarle al fútbol y de que el mundo descubriera el último lateral derecho en una generación de carrileros, yo probé mi suerte en el equipo local de taekwondo. No recuerdo cómo es que empezó todo, solo que empezó. Se trataba de un deporte desconocido que, como el bádminton o el tenis, había sido impulsado con fuerza por los muchos extranjeros que vivían en el pueblo motivados más que todo por una rara nostalgia.

Recuerdo, eso sí, el primer día de clase. Todos sentados en círculo, a la expectativa. La instructora hablaba de la idea general, de lo que quería hacer con esta iniciativa, de la filosofía del arte marcial, de la importancia del deporte en la mente de los jóvenes, y de temas administrativos que no interesaban a nadie. Antes de empezar la rutina, nos pidió a todos que habláramos de las razones que teníamos para empezar esa aventura. Recuerdo que la pregunta me tomó por sorpresa y ante la presión solo pude balbucear algo sobre que quería ser alguien en la vida. Imagínese el perogrullo. Imagínese usté de siete años en un pueblo que por la época no aparecía en el mapa y del que todos dudábamos si existía en realidad, yendo a aprender un deporte que usté no sabía que existía hasta que su amigo Ulises llegó con el cuento y el entusiasmo y de repente le preguntan que por qué está ahí y usté no alcanza a resumir la lista de consecuencias que tuvieron que pasar para que la pregunta pasara y lo único que atina es a decir estoy aquí porque algún día en el futuro desconocido yo quiero ser alguien en la vida. Imaginese el perogrullo.

Lo más grave es que todos los demás, aturdidos o no por la pregunta, respondieron lo mismo. Me pregunto si esos objetivos se cumplieron.

No sé qué tuvo que empeñar mi mamá para comprar mi uniforme, pero a las tres semanas estaba yo aprendiendo a anudar el cinturón blanco de los principiantes que me quedaba espectacular. Entrenabamos tres veces por semana, a las seis de la tarde a media hora en bicicleta desde mi casa. Primero hacíamos ejercicios de estiramiento, luego varias vueltas trotando, luego más estiramiento, luego unas maniobras para estimular la elasticidad —maniobras que con la perspectiva de los años se antojan descabelladas, luego practicábamos la serie de coreografías esenciales de la disciplina.

Nos costó un tiempo ajustar el acento costeño al grito de guerra tecondoga importado de corea: Jun-bi, Cha-ryeot, Gyeong-nye.

O lo que era lo mismo: Chumbí!, Cherio!, Guioni!.

Casi un año después de estar pegándole patadas al aire, la instructora llegó con la noticia de una invitación que nos habían hecho al campeonato nacional. Íbamos en representación del departamento de Córdoba. Un honor que nos había adjudicado el hecho de ser el único grupo de tecondogas del departamento. Éramos nosotros o nadie. El evento se iba a realizar en la sede del Instituto Pedagógico Nacional en Bogotá. Era mi primer viaje fuera del pueblo.

IPN, IPN, IPN Pedagógico!

La competencia era todo terreno. Uno participaba en combate libre, combate a un paso, figuras individuales y figuras en equipos. Nos dividieron en distintas categorías basadas en peso y edad. Yo era de los más jóvenes y más pequeños y me incluyeron en la categoría menor, la única en donde no había distingo de género. Y es así como en ese mundo perfecto de sueños a medio hacer, me encontré disputando la final de combate libre con una niña bogotana cinturón azul, de cabello castaño y ojos enormes que inspiraron a Jairo Anibal Niño.

El día de la final, el coliseo estaba a reventar; los fanáticos metidos en el asunto alentaban a los deportistas. En la sección de al lado, empezaba la exhibición de obstáculos y un cinturón negro se disponía a enfrentarse a una pila de ladrillos a la que, para aumentar la emoción, le habían prendido fuego. Murmullos de incertidumbre caían de la grada, otros no podían dejar de admirar la audacia. Todos ajenos al corazón nublado del cinturón blanco preferido por todos que escuchaba atentamente la estrategia para ganar. Hay que esquivarle la patada de talon. Mantén la defensa alta. Usa combinaciones rápidas.

En mi mente la niña se llama Penny.

Tal vez es que había visto como mis papás se trataron. Tal vez era el machismo intravenoso que a uno le inyectan en la costa costeña. Tal vez era lo uno o era lo otro. Pero yo no me sentía capaz de aceptar de que para ganar tenía que pegarle a una mujer. Tal vez es que había visto como mis papás se trataron. Tal vez era el machismo intravenoso que a uno le inyectan en la costa costeña. Tal vez era lo uno o era lo otro. Pero yo no me sentía capaz de aceptar que para perder tenía que perder con una mujer.

Tormentas mentales aparte no le quitan el mérito a nadie. Penny me ganó y me ganó bien. Y yo me pasé las 20 horas de viaje de regreso a casa acompañado de las burlas de mis amigos. Había pocos insultos como ese. Tal vez si te dicen que pateas la pelota como una niña. O que lanzas como una niña. Tal vez.

En la casa, mi mamá me recibió con un desayuno de yuca y queso. Al almuerzo comimos mote de queso, mi plato preferido, mientras les contaba las historias de mis dos medallas de plata y sobre las cosas de Bogotá, de Monserrate, del museo del oro, del frío imposible, de la neblina, del acento melódico, de la gente ajena a la otra gente. En la noche fuimos todos a la recepción que el colegio nos hizo a los integrantes del equipo. Al día siguiente, cuando todo empezó a volver a la normalidad, fui a ver a la instructora a comunicarle la primera decisión que recuerdo haber tomado en la vida. Ese día renuncié al equipo.

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