Santa Maradona

Suburbia oct 22, 2013

La historia es ésta. El vecino de acá de al lado distrae sus horas de retiro en el garaje construyendo cosas. El otro día lo vimos armando un camarote para sus nietos mayores. También una silla, para que una de sus hijas se sentara a amamantar al primógenito que francamente nadie pensaba que ella fuera de esas mujeres que quieren ser mamá pero vea como la vida lo va sorprendiendo a uno. En otra ocasión lo vimos construir un escritorio enorme de esos que ya no se ven y que ya no caben en ninguna parte y que aún si cupieran no dejan de ser un problema cuando uno decide mudarse porque el alquiler está muy caro y entonces necesitas de todos tus amigos que ya de por sí no tienes muchos y te encuentras con que ninguno está disponible por las ocupaciones que nunca faltan, los hijos y el trabajo y el ocasional viaje a conocer las ruinas griegas, y al final te toca contratar a una compañía de mudanza que te cobra la cuota extra porque es que mire que es un escritorio muy pesado y muy inconveniente y que por eso es que estos escritorios así ya no se ven pero de todas maneras le hacemos esa mudanza que esto es América, la tierra de los que pueden.

En ocasión la esposa del vecino se aparece en el garaje con té helado en los días de calor, o un chocolate caliente en el invierno a ver si de pronto el frío éste del valle no le hace tanto daño con esa mala costumbre de hacerlo todo con la puerta abierta. Luego ella desaparecía no sabemos a qué. Hasta que la volvíamos a ver, en la tardecita ya, sentada en una mecedora en la acera leyendo novelas de misterio. “El romance no es lo mío” comentó una vez en lo que pareció una disculpa. Y todo este tiempo ninguno de nosotros sospechaba que mientras toda esta rutina inofensiva estaba en pleno apogeo, la señora se estaba muriendo a toda prisa de un cáncer en quién sabe dónde. Nadie lo sospechó. Incrédulos estuvimos incluso cuando llegamos de trabajar y vimos la caravana de carros ocupando todos los parqueaderos de la calle, raro para ser un jueves que éste desorden tan de tercermundo solo se ve el sábado cuando se juega el campeonato infantil femenino de fútbol en el parque del barrio y llega la colección de padres suburbanos con sus sillas de playa y sus termos enormes de limonada y sus ansias de validación a destruirnos la paz. Incrédulos estuvimos, incluso después de que Slava preguntó con su vozarrón uzbeko que por qué tanta gente que si quién se murió y nadie le respondió en voz alta aunque el silencio y la mirada baja y la indignación y los ojos cansados de llorar eran claros sustitutos.

La cosa es que uno se muere y deja de hacer las cosas que uno hacía, y querer a la gente que uno quería, y llevarle té helado a la gente con la que uno vivía. Y todo duele por un rato y después la gente se acostumbra al dolor porque la vida continúa qué le vamos a hacer, resignación, fuerza y fortaleza. Y luego todo es como si nada.

Se han desactivado los comentarios a este artículo.