Santa Maradona

Sabelotodo mar 13, 2012

En la casa había un juego llamado sabelotodo. Lo promocionaban como un juego para poner a prueba tus conocimientos en cultura general. Pero no: era un juego de memoria. Yo tomé esas cartulinas, leí las preguntas y memoricé las respuestas y fui invencible en el juego.

Habíamos llegado a Medellín y mi profesora de español me preguntó si estaba listo. Yo le dije lo único que uno dice en estos casos. Que había nacido listo y tal. Ella movió no sé que cielos y tierras y me consiguió una cita con un periodista del diario El Mundo de Medellín. A ver que sale, me dijo. Yo le había dicho a ella y a toda la gente que me conocía en realidad que quería ser periodista pero que en realidad no sabía que era eso que quería ser. En realidad esta vocación un tanto prematura venía de parte de Hemingway y García Márquez, ambos periodistas a su modo, uno de guerra, el otro abandonado en París. Entonces mi profesora me consiguió la cita para que hiciera todas las preguntas posibles sobre esta profesión fantástica que todo lo puede. A la entrevista llegué con una grabadora de esas que usan los reporteros curtidos, a la que le había puesto un casette en blanco y baterías nuevas y que al final de cuentas no supe ni como no grabó nunca nada. En la sede del periodico me atendieron con curiosidad, como esa sorpresa y fascinación con la que los adultos le hablan a los niños que pretenden hablar como adultos. Por dos horas estuvimos hablando de cosas varias, yo confiado que todo iba para siempre a este medio magnético tan mágico y eficiente. Cuando llegué al hotel quise oir la conversación y me encontré con una pared de ruido blanco. Me inventé todas las excusas posibles para mi estupidez, pero nunca me permití admitir la verdad. De vuelta en la casa, tomé el casette y lo metí debajo del armario enorme donde mi mamá guardaba los platos de las visitas. Y le dije a todos que lo había perdido. Y cuando mi profesora me preguntó si quería contar el cuento yo le dije que mejor no, que la cosa había sido muy personal e intransferible. Y finalmente, me juré no confiar nunca más en estos artificios convenientes que reemplazan la memoria y que lo hacen bien hasta que fallan.

Mi papá recibió un millón de pesos de herencia en el tiempo en que un millón de pesos todavía era plata y con eso compró un lotecito a tres cuadras de la plaza principal y luego llamó a su mejor amigo para que le ayudara a hacer ahí una casa. Entre ellos dos y unos siete meses la armaron. Mi papá la diseñó. Tal cual como le vino a una noche en un sueño, la casa que había de hacer para su hija no nacida. Todo muy macondiano, todo muy inclusive. Es una casa bonita, toda abstracta ella, con una terraza en la que se sentaba mi mamá a tomar el poquito fresco que había en ese pueblo infernal. Una terraza con un borde todo curvilineo en donde mis amigos y yo empujabamos tapitas de gaseosa jugando a una vuelta a colombia frenética. Una terraza que tenía además un huequito para el desague que además era el hoyo perfecto para jugar a la bolita de cristal. La casa fue lo que mejor hizo mi papá. La hizo con sus manos, desde un matorral lleno de culebras hasta este espacio encantado que servía para vivir y para jugar. Le puso un piso de granito que todavía sobrevive intacto. Le puso un cielo raso que separaba el calor del eternit de la gente de adentro. En el patio sembró árboles de guama, mamoncillo, limón, naranja, un mango traicionero que por poco se trae la casa abajo y, siempre el romántico, una mata bonches rojos. Y armó un quiosco de palma para tener en donde colgar una hamaca y que sirvió para todas esas primeras fiestas de cumpleaños de los hijos y después de residencia permanente de todas las abejas africanas del barrio. El viejo tenía veintisiete años cuando la hizo. Menos de los que tengo ahora. Esta edad existencial en la que gravito ultimamente, preguntándome exactamente para que ha servido todo este conocimiento de libros y tonterías y ecuaciones raras y bobadas aprendidas que no alcanzan para moverle el corazón a nadie, ni para jugar bolita de cristal por las tardes.

Y lo que le quiero decir es, tanto saber uno para terminar no sabiendo nada, y así.

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