Santa Maradona

Ronin ene 23, 2012

No todos los días conoces a tus héroes. En el 2008 Murakami vino a Berkeley a presentar su libro “What I talk about when I talk about running”. Yo lo supe a última hora y por poco no consigo tiquetes para la charla y entrevista que le iban a hacer. El auditorio de la Universidad estaba lleno a reventar. Murakami casi nunca hace presentaciones en público, nadie se lo quería perder.

Había llegado muy temprano y me puse a andar por las calles cercanas a la universidad. Siempre he pensado que esa parte de Berkeley me recuerda a Medellín. No sé por qué. Será el desorden total. O el fuerte olor a incienso que a duras penas enmascara el de la marihuana. Me sentí andando en La Playa, deseando encontrar en cualquier momento algún emprendedor vendiendo arepas de queso y avena a quinientos.

No todos los días conoces a tus héroes. Entré a una tienda de discos usados. A curiosear y a perder el tiempo. En la sección de Jazz había un hombre muy parecido a Murakami, acompañado por una mujer. El hombre muy tímido. Ella mantenía una distancia prudente, ni muy cerquita como para que se pudiera confundir con entrometimiento, ni muy lejos como para que se pudiera confundir con indiferencia.

El día después de la charla/entrevista, Murakami estuvo en una librería de San Francisco autografiando sus libros. Esto nunca pasa, pensé. Me fui a la librería. Me dijeron que Murakami firmaría máximo tres libros por persona. Uno de los libros tenía que ser el libro nuevo. Compré el libro. Hice la fila. No se permiten fotografías. O videos. Un empleado un ayudante pasa asegurándose de que los libros estén abiertos en la página que es, la del título. No hay tiempo que perder. También nos recuerda que no se permiten fotografías. El Autor (dice así, “el autor”) no gusta de ellas. Una voz comenta que es verdad, el autor ha salido de eventos así porque la gente ha insistido en tomarle fotos. ¿Pero por qué? Quiere saber alguien. Nadie ofrece respuesta.

Hay gente que le cae bien a todo el mundo. Hay gente que le cae mal a todo el mundo. Yo suelo caer en el segundo grupo. Hubo un tiempo en que consideraba esencial descifrar las razones de tan soberana injusticia. Acorralado por la ausencia de alternativa, uno deja de considerar las razones.

El escritor David Foster Wallace explicaba la timidez de la gente. Por ejemplo en un perfil que de él hicieron en Rolling Stone.

He was astonishingly good, quick company, making you feel both wide awake and as if your shoes had been tied together. He’d say things like, “There’s good self-consciousness, and then there’s toxic, paralyzing, raped-by-psychic-Bedouins self-consciousness.” He talked about a kind of shyness that turned social life impossibly complicated. “I think being shy basically means being self-absorbed to the point that it makes it difficult to be around other people. For instance, if I’m hanging out with you, I can’t even tell whether I like you or not because I’m too worried about whether you like me”
Decía cosas como: “Hay una buena auto-conciencia, y también hay la tóxica, paralizante, violada-por-psíquico-beduinos conciencia de sí mismo.” Habló de una especie de timidez que hace la vida social en exceso complicada. “Creo que la timidez, básicamente, significa estar absorto en sí mismo hasta el punto que hace que sea difícil estar con otras personas. Por ejemplo, si estoy saliendo contigo, no puedo decir si me gustas o no, porque estoy muy preocupado sobre si a ti te gusto o no”

O algo así.

La primera persona que pasó del mundo virtual en el que vivo al mundo real en el que vivo fue Margarita Nomeacuerdoelapellido. Trabajaba en la compañía de discos que sacaba los discos de Darío Gómez. La conocí en irc y conectamos enseguida. Una cosa llevó a la otra hasta que la última cosa en esa fila de cosas fue ella preguntándome si quería tomar un café. ¿Contigo? Le pregunté aturdido. Conmigo, me respondió divertida. La espectacularidad es de principios humildes. Fuimos a ver One Fine Day. Le dije que ella podía ser mi Michelle Pfeiffer si así lo creía conveniente. Ella no creía que yo pudiera ser su George Clooney. Vimos la película, comimos algo y, la ironía, nunca llegamos a tomarnos el café. Nunca más la volví a ver.

El punto es Podría haber hablado del clima o de beisbol o de Radiohead o de correr o de la timidez que no deja se atraviesa no guarda la distancia perfecta entre uno y la otra persona pero no dije nada porque todo el tiempo estuve pensando en las cosas que decir para que este momento este breve instante imposible entre un samurái aprendiz sin maestro y otro samurái sea memorable tan memorable como la idealización de los momentos memorables que uno idealiza.

Así es que como uno va perdiendo sus héroes.

Posdata. Ahora respondo preguntas por doquier: en formspring

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