Santa Maradona

Penitencia abr 03, 2012

La cámara anecoica de los laboratorios Orfield de Minneapolis es el lugar más silencioso del planeta.

La ausencia total de sonido te hace muy consciente de lo que está pasando dentro de tu cuerpo. El corazón que palpita. Los pulmones que se inflan y desinflan. Los oídos que zumban. La sangre que fluye. En una cámara anecoica, uno es un organismo ruidoso. Sin la reverberación en la sala, no quedan otras señales de orientación espacial. Después de una media hora en la oscuridad, uno se desorienta. Con el tiempo, uno podría experimentar alucinaciones visuales y auditivas.

Entonces mi hermana decidió no hablar más. Yo había leído de estas cosas en cuentos y novelas. Gente que de pronto decide no hablar más. Mi mamá en desconcierto hizo lo posible por entender las razones primero, y por hacer que volviera a hablar después. Tal vez es un desequilibrio hormonal. Tal vez un trauma mayor, un novio prematuro, un lío de amigas. Las niñas tienen un talento especial para ser crueles. Vencida, mi mamá consultó a mi padre. Mi padre intervino. Mi padre falló también. Era un silencio facultativo. Se rompía para interacciones triviales del diario. Mi padre recordó un episodio con mi hermano, quien se tardó mucho para hablar. Preocupados en ese tiempo consultaron al pediatra, que calmó a todos con una estrategia sencilla: enseñenle a decir a malas palabras. Y santo remedio. Luego tuvimos que volver. Esta vez a preguntar cómo hacer para ajustar un poco las maneras, especificamente como modificar eso que salude con “Buenos Dias Malparido”, o que agradezca con un ortodoxo “Gracias, hijueputa.” Sin encontrar una conclusión satisfactoria, mi padre intuyó que estos silencios siempre están relacionados con una forma de ira, una muy profunda e intratable, o mejor, tratable solo con el tiempo y la paciencia de dejar que se resuelva sola. Un día cualquiera, mi hermana empezó a hablar de nuevo. “Que pendejada” fue lo primero que le oímos decir.

Le preguntamos hasta cuándo. Nos dijo que la promesa había sido hasta que el niño cumpliera los dieciocho años. Es imposible romper esa promesa. Eso quiere decir que no le cortará el pelo hasta esa edad, dijo alguien, en parte preguntando, en parte teorizando. La promesa no tiene que ver con el niño. El padre borracho se acuesta a dormir, despierta de pronto entre gritos, por instinto busca el machete, lo encuentra, se lanza a correr detrás de nadie en particular, sin ver en el suelo lo que lo hace tropezar. De frente al suelo caerá, el cuerpo sobre el machete, la cabeza primero sobre el suelo de cemento. Tres días después del coma, la esposa con desilusión en aumento opta por los cielos. En actitud no convencional, reta a su dios, interpreta La Escritura como una especie de contrato y exige que cumpla su parte. Como evidencia de buena voluntad, ofrece no cortarle el pelo al niño que en su momento tiene cuatro años por los siguientes catorce. Esto por que el padre vuelva a la vida. No me queda claro cómo se beneficiaría su dios con ese pelo tan largo sin cortar. Pero el padre vuelve a la vida. Y el pelo se deja sin cortar. En medio del silencio que sigue, veo a la niña, la uña del dedo pulgar más larga que las otras. No quiero preguntar, pero pregunto. Es imposible romper esa promesa, me explica.

Se han desactivado los comentarios a este artículo.