Santa Maradona

Pasión Azulgrana sep 09, 2011

Martí Perarnau escribe uno de los blogs de fútbol que más me gusta. Aquí se deshace en elogios para Guardiola.


Dijo Arrigo Sacchi que la evolución del fútbol pasaría por convertir todo el terreno de juego en un centro del campo y llenarlo de centrocampistas (no sé si empleó exactamente estas palabras). Pep escuchó aquello y el Barça está por la labor. Seis centrocampistas en la alineación inicial más Messi, que lleva dos años siendo un centrocampista más, un todocampista-goleador, rara avis, especie singular. Con esos 7 centrocampistas, el juego de posición adquiere una dimensión desconocida y se acerca a la profecía de Sacchi. La fluidez deviene en movimiento perpetuo (“perpetuum mobile”).

Movimiento Perpetuo, dice.

La liga española empezó hace un par de semanas mostrando que seguimos donde íbamos. Barcelona y Real Madrid, dos locomotoras a toda velocidad y los demás jugando por el tercer puesto. La única diversión viene del schadenfreude de ver perder estrepitosamente al Real Madrid o, qué se yo, ver a Cristiano Ronaldo intentar y fallar un penalti. Los desastres los provee el Real Madrid. El Barcelona no tiene un mal día desde hace cinco años. Las evoluciones de la que habla Perarnau son el lujo del que se sabe superior, del que no tiene rival alguno salvo a sí mismo.

Si usté lo ve bien, los odios los despierta el Madrid. Son antipáticos, juegan al límite de la lealtad, con una pasión a veces conmovedora, a veces absurda. Su técnico además se transforma en detestable cuando empieza el fútbol. El otro día, jugando uno de los clásicos, agredió físicamente a uno de la comitiva rival metiéndole un dedo en el ojo. Detestable. Hay muchas razones para odiar al equipo merengue.

Del otro lado es distinto. El Barcelona ha conseguido 12 de los últimos 15 títulos por los que compitió. Muchos de ellos con una superioridad abismal, absoluta sobre el rival. El último que jugó, la Liga de Campeones de Europa, lo ganó con una solvencia tal que los jugadores contrarios parecían principiantes, niños de pre-escolar. El otro día bromeaba que lo mejor que puede hacer la UEFA es declarar al Barcelona campeón de la Liga de Campeones y evitar en lo seguido que participe. Lo digo en serio, son mejores, ahora dejad que los humanos nos divirtamos.

Es por eso que no entiendo tanto fanático recién creado del Barcelona. O bueno, lo entiendo: hay gente que prefiere ganar porque el que gana es el que goza y entonces se alinean con el ganador de turno. Pero no lo entiendo: qué pasó con alinearse con el débil. Imagínese si a usté le cuentan la historia de David y Goliat. Si, si, Goliat era un gigante, David un chiquitico. Goliat aprovechó su tamaño y aplastó a David. El Fin. The End. Dónde está la esperanza por el que no tiene, por la mujer pobre y fea que a fuerza de coraje se convierte en rica, bonita y consigue el amor del príncipe. Dónde estamos usté y yo.

El Barcelona es el estudiante inteligentísimo de la clase, que siempre saca cincos o dieces y recibe carita feliz de los profesores y lo sacan a izar la bandera, y por el que suspiran las niñas mientras dibujan en el cuaderno un corazón flechado. Todo lo que usté no era. El Barcelona es el tipo que llegó al trabajo diez años después que usté y que no obstante ya es jefe del jefe de su jefe. El Barcelona es el tipo que su mujer quiere que usté sea, el que lee a Rimbaud y sabe arreglar el lavaplatos cuando se daña, el que la tiene más grande, el que maneja un audi, el que sabe el uso y el desuso de los ocho cubiertos en la mesa. El que salva niños enfermos de cáncer, desafía la bolsa de valores y hace el amor tres veces, todo eso antes del mediodía. Esto es el Barcelona. Imposible odiarlo. Imposible ser él. ¿Qué nos queda a usté a mí?


The Mullets of Medellín, Colombia

Se han desactivado los comentarios a este artículo.