Santa Maradona

Once sep 11, 2012

Uno puede dejarse llevar por el cinismo y decir que ese no es mi país o minimizar esto por aquello otro en virtud de la enormidad de la barbarie o de justificaciones para tal atrocidad. O uno puede no hacer nada de eso pero en su lugar caer en el lugar común o el melodrama. Algo pasó ese día. ¿Dónde estabas ese día de Septiembre?. Yo estaba defendiendo y ganando para mi jefe la financiación del proyecto que se convirtió en mi tesis de doctorado. No supe nada hasta que mi amigo Ravi me lo contó en una de las pausas. Ha ocurrido un accidente terrible, es lo que me ha dicho. Faltaba poco para perder del todo esa inocencia.

Nadie come nacionalismo pero por esos días era lo único que se podía comer. Una amiga, de Yugoslavia ella, me confesó incapaz de simpatizar con ese dolor cuando cargaba con el recuerdo fresco de su familia escondiéndose de las bombas lanzadas por los que ahora sufrían. Pero guardaba silencio, ella y yo y tantos otros que coincidimos en este lugar tratando de encontrar las oportunidades que nuestros países en su mezquindad nos negaron. Y aún así, recuerdo a la frustración de nosotros los extraterrestres con esta gente que sinceramente, honestamente, no encontraba explicación alguna para que alguien en el mundo los odiara tanto como ahora.

Pasaron muchas cosas. Pero lo que se quedó conmigo para siempre, fue ese recuerdo de ver a mi jefe entrar el día después del drama con un televisor de esos que ya no se ven y que instaló a la salida de la oficina, para siempre sintonizado en un canal de noticias confundido en un bucle de imágenes de la debacle, de mensajes de esperanzas, del no saber que hacer. Se quedó ahí mucho tiempo, hasta el verano siguiente. Lo desconectó y se apareció con él en el laboratorio. Te lo dejo acá, por si quieres ver el mundial de fútbol, me dijo.

Se han desactivado los comentarios a este artículo.