Santa Maradona

Olores de colores abr 02, 2011

Si usté no hubiera nacido lo que nació sino, digamos, inglés del siglo diecisiete y se encontrase, digamos, en la necesidad de hablar con un doctor de las ciencias medicas, hubiera en el transcurso de la conversación recibido el no siempre bien recibido consejo de no bañarse. Los poros son una puerta abierta a los bichos, virus, bacterias y demás amenazadores del bienestar corporeo. Una barrera de mugre impermeable es la mano que cierra esa puerta. Hasta la fecha no me alcanzo a imaginar la intensidad del olor de Londres, aunque a veces, muchos años después compañeros de trabajo y anónimos transeuntes en la calle insisten en darme una demostración no solicitada.

La chica, que se dedica a ese conundrum ambiental que es limpiar agua sucia, me dice que uno se acostumbra a los olores. La exposición continua a uno de mala calidad tiene la desafortunada consecuencia de bajar el estándar de aceptación y, cual burocracia tercermundista, incitar al que huele que esto es lo que hay y que no es tan malo.

Pero yo me resisto.

Mi gente en Colombia que no sale a la calle sin antes ponerse el baúl y la tapa nunca comprendería estos dilemas. Acostumbrados a lucir como si una vez en publico uno podría sin razón aparente o necesaria encontrarse con algun admirador o admirado que no perdonaría una facha subpar, la loción es en el atuendo la cereza que corona el helado. El olor que mueve el mundo. En diciembre, cuando por una razón que no viene al caso, quedó claro que yo no tenía conmigo o dentro de mis artículos de aseo cantidad suficiente o alguna de loción mi suegro tuvo un ataque de consternación. Asumió (error común este de asumir) que la ofensa se debía a mi inhabilidad imberbe para navegar el turbulento mar de la oferta de agua de colonia. No es solo la marca, también el propósito, la disponiblidad, la situación, el lugar, la cantidad y la verguenza. Demostrable a su vez en la inhabilidad (de mi parte, siempre de mi parte) para distinguir mi drakkar noir de mi acqua di giorgio, mi fahrenheit 21 de mi burberry. Pero nada más lejos de la realidad y nos reímos cantidades cuando quedó aclarado que era una cuestión de olvido y de temor a la autoridad aeroportuaria estadounidense. El hombre es colombiano, no tenemos inconveniente que siga casado con nuestra hija. Y salimos en caravana al sanandresito más cercano.

La sana costumbre de combatir con ingenio artificial las limitaciones de lo natural no parece extenderse a todas las culturas. Compañeros de oficina, conocidos y anónimos lo confirman emanando su olor de cebollas agrias y comino. Yo quiero pensar que hay una razón poderosa e inobjetable. La protección contra virus y bacterias, la ira de los dioses, una promesa a algún santo a cambio de algún favor. Cualquier cosa acepto menos que lo hiciste porque crees que no importa, que no hueles a nada.

Se han desactivado los comentarios a este artículo.