Santa Maradona

Madurez abr 01, 2012

Mientras tanto en Troy, la ciudad de Rensselaer, donde hice el doctorado y me jodí la vida. Los fines de semana eran ahí todos largos y aburridos y todo un desafío. Una vez se calmó la novedad de todo y me formé una rutina dos cosas se quedaron. Mercar e ir a leer. Interrumpía para ir a pasear, a conocer Manhattan, Brooklyn, los Adirondacks. Mis profesores no querían que trabajara en el fin de semana. Uno de ellos tuvo una epifanía años atrás cuando uno de sus estudiantes se suicidó y desde entonces él era todo intenso con esto de que uno no debía hacer del trabajo la vida.

No es que a mi me hubiera tenido que repetir mucho ese cuento. Entonces uno de los días del fin de semana era para mercar y hacer cosas de la casa, lavar y eso. Mercaba en un supermercado llamado Hannaford. Era donde mercaba la crema de la nata. Mi presupuesto eran 25 dolares por semana. Era un poquito alto pero nunca he creído en esto de ahorrar con la comida, de ser posible no lo hago. Prefiero sacrificar otras cosas. Tampoco es que comprara cosas raras, lo normal, lo más caro era la carne que en Estados Unidos siempre ha estado del lado caro. También cosas nuestras como el platano o la yuca que son una rareza, necesarias para mi, y súper caras. Un dólar por un platano o algo así. Carísimo. El caso es que yo veía estos platanos, traídos de Colombia o de Ecuador con los loguitos de nuestras bananeras y me preguntaba por qué no saben igual. Acá es imposible conseguir los maduros que uno consigue en colombia. Entonces me explicaban que ocurre que los cortan muy verdes en Colombia y dejan que se vayan madurando en el barco. Los cortan más verdes que verdes y cuando llegan acá siguen siendo verdes pero no saben lo mismo. Entonces yo pensaba que yo debo ser como estos platanos. Salí de la casa más verde que verde y ahora no sé a lo mismo. Aunque madure.

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