Santa Maradona

Lo que no puedo dejar atrás ago 26, 2014

1.

El jueves antes de volver fui con mi papá a su primera y última cita de cuidados paliativos (qué nombre terrible) en la Clínica del Dolor (otro nombre terrible). Llevaba puesta la camiseta de la selección Colombia, por supuesto. Esto de un man que nunca gustó del fútbol pero que había sido convertido en tiempo récord a la iglesia de James. “Me vi todo el mundial en el hospital” le explicó a la doctora mientras ella revisaba su historia clínica. En la tarde le pidió a mi mamá que le comprara a El Heredero la camiseta de la selección, la amarilla y no la roja porque para qué alborotar una mala memoria. En la noche le dije que grabáramos un video (no teníamos internet) para que él le explicara a su nieto el significado de la camiseta. La explicación fue larga y llena de detalles sobre lo que funcionó y no funcionó en el mundial, de la importancia de la camiseta número 10, de lo que quiere decir ganar y perder, del gol de Yepes, de adidas, de los costeños del equipo. La explicación fue tan larga que llenó el poco espacio que le quedaba a mi teléfono. El último video que le hice termina prematuramente y uno hará bien en no leer alguna metáfora sentimental ahí porque para qué alborotar una memoria.

2.

En el momento en que él respiraba por última vez, yo andaba muy lejos, navegando una exposición de dinosaurios junto a El Heredero. Ninguno de los dos vestía la camiseta de la selección. La exposición ha sido un éxito en la localidad conquistando a chicos y grandes con sus muñecos baratos y enormes, supuestas réplicas de los animales de otra época y que se mueven en bucle con movimientos torpes y antinaturales y que de vez en cuando sueltan algún alarido brutal, de amenaza o de saludo, quién sabe. En los pasillos del lugar varios empleados de la compañía organizadora se pasean con un dinosaurito en brazos al que mueven como marioneta saludando a los más pequeños causando risas por doquier y alborotando expresiones de ternura. El tema del destino de los dinosaurios lo zanja rápidamente un letrerito justo antes de la salida con la historia de un meteorito que nos estrelló un día e hizo desaparecer lo desaparecible. En el orden antropocentrista de las cosas, cuesta creer que entre tanto mito y leyenda no nos haya alcanzado el tiempo para rendirle homenaje al dios meteoro, un dios que es una roca, que debimos llamar PIEDRO, y que se deleita en destruir.

3.

Al momento del primer síntoma visible y al momento de la muerte los separan escasos tres meses. No tuvimos tiempo ni de escoger las memorias que queríamos conservar. Quisiera poder decir que hubo una epifanía de última hora, que salimos más fortalecidos y no simplemente más solos, que sabemos algo más de la vida ahora, que entendemos más y sentimos con mayor fidelidad y la comunión con el universo es ahora más nítida y pura. Pero qué va. En un momento estaba vivo y al siguiente no. Y todo siguió.

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