Santa Maradona

Lentejas may 18, 2011

Hay dos cosas que hago siempre en cámara lenta para deleite y desesperación de mis semejantes: comer la comida y leer las lecturas.

En ambos casos es un asunto de mi naturaleza de exteriorización tan metódica que parece una premeditación fría y calculada. La mentira que es indistinguible de la verdad.

Mi amigo Woojin me dice que él aprendió a comer rápido en el internado donde estudió. Los horarios eran estrictos, la oportunidad para divagar a la hora que era en realidad media eran escasos nulos a menos que a uno no le gustara lo que había para comer, en cuyo caso divagar era lo único posible. Y con esa anécdota se fueron las esperanzas de mi teoría de que un comedor lento nace, no se hace, cuya tesis y antitesis era yo mismo.

Yo no fui a internados. Fui primero a la Escuela Urbana para Niñas (no se ría) y luego al último colegio colombiano dirigido por y para ateos. Comer era opcional.

Mi tía mandaba en la casa con un rejo fuerte de dictador sesentero. A la hora de comer los hijos marchaban al ritmo de una arenga que valía por diez: el que termine primero le ayuda a su compañero. A su camarada quiso decir, pero no rimaba. Y no tiene nada de verdad la versión de que la mascota, un perro de raza ninguna al que recogieron en el mercado local, les robaba la comida al menor descuido. Había que comer rápido y con disimulo, como si uno fuera Pedro Navajas y la comida el smith and wesson.

Mi mamá era distinta con nosotros. Tampoco era la mejor cocinando. El tiempo lo pasabamos mis hermanos y yo tratando de idear como nos ibamos a salir del embrollo sin herirle los sentimientos.

Yo como lento porque así nací. Y así me hicieron.

Lo de leer es otro cuento. De vez en cuando un periodista con sueño decide recordarnos a todos que en tal o cual país la gente lee más que en el nuestro (el del periodista y en consecuencia el de todos los periodistas del mundo entero) porque en tal o cual país coronan veinte, treinta, cincuenta libros por año lo que mal contados vienen a ser 1, medio, un cuarto de libro por semana. Y que como no leemos no nos culturizamos y como no hay cultura no hay paraiso. Que con tal de mejorar la estadistica hay que urgir a la gente que lea, que lea cualquier cosa pero que lea y que lea r´pido cuanto antes que no hay tiempo que perder, que de la calidad nos preocupamos después. No importa mucho tener cultura de la mala mientras tengamos mucha de la misma.

A mi es que me gustan las palabras. Como suenan. Como se acomodan una detrás de la otra de una forma en que solo ellas se pueden acomodar. A veces me detengo en parrafos, los leo y releo, los leo lentamente, muy lento, más lento todavía; a veces casi siempre se encuentra uno con que el autor dejó alguna entonación entre letras, un mensaje oculto que al entenderlo le cambia a uno el contexto de las cosas. Como ver la flecha en el logo de Fedex por primera vez.

A veces aquí omito comas y puntos y puntos y comas. Es a propósito. Casi siempre. Y soy yo jugando con las palabras con la esperanza de que usté lo note. Con las tildes si no hay caso. Si se encuentra con un error es que el lenguaje castellano ha cobrado una nueva víctima.

Tampoco creo mucho en ese cuento de que hay que terminar lo que uno empieza. Particularmente en terminos de lecturas, no hay consejo más pendejo. Hay que leer hasta donde uno quiere, ojalá que uno quiera hasta el final, pero si las cosas no se dan no se dan. En esto tiene uno que ser como el futbolista que una vez terminado el partido ya piensa en el siguiente. Y también recuerde que lo importante son los tres puntos.

Por eso biblioteca pública local, aquí estoy si me estás oyendo, estas fechas de vencimiento tuyas son apenas sugerencias para mi.

Hay cosas que hago rápido pero de esas hablaremos después mientras esperamos que usté piense en lo que hace en camara lenta para deleite y desesperación de sus semejantes.

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