Santa Maradona

Las manos sep 06, 2011

Mi terapista me pregunta qué pasa después. Le digo que sólo en una ocasión perdí el control. Lancé una vela de esas de decoración contra una puerta. Luego tenía tanta adrenalina en el cuerpo que no pude sino recostarme. Me fui al cuarto y me metí debajo de la cama. No tiene sentido, le explico. ¿Alguna vez ha golpeado a una persona? No, nunca. Pero de inmediato corrijo. Una vez, hace muchos años. Fue una cosa de niños. Walter vivía frente a la casa, era (y todavía sigue siendo) dos años mayor que yo, y en esa época dijo algo insultante contra mi familia. No recuerdo el detalle del insulto, sólo que en ese tiempo lo juzgué de un tamaño brutal. Y entonces, no sé de donde, vino esta fuerza incontenible, ese frío en la espina. Fui donde él estaba y sin mediar palabra le pegué un puño en la mejilla izquierda. Tal vez, más por la sorpresa de la humillación que por la dureza del golpe, con los ojos medio llorosos se fue a su casa sin decir mucho más. A mí me castigaron con dos semanas de barrer el patio y lavar los platos y sin poder ir a jugar fútbol. A él lo vi comiendo helado al día siguiente. Aparte de eso no, nunca golpeé a nadie. No creo que lo haría. Yo vi a mi papá golpear a mi mamá. Entiendo lo que eso hace. Y eso supera cualquier otro sentimiento que pueda aparecer. Siempre gana por doble u. Le explico esto gesticulando. Muevo las manos, trato de darle la forma a un pensamiento alineando estratégicamente los dedos. A veces las palmas miran hacia arriba, rara vez hacia abajo y casi siempre se enfrentan entre ellas. Me vuelvo consciente de mí mismo. Como en ese cuento de Murakami en el que el tipo se mira al espejo y por un instante duda si él es él o es él el del espejo. Las manos son el espejo del alma y tal. En la Universidad tuvimos que hacer una presentación en una de esas materias aburridas que a nadie le importan, de humanidades, creo. Mi amigo Santiago cerraba la discusión y lo hizo bien. Al finalizar la profesora le sugirió que en el futuro evitara guardarse las manos en los bolsillos todo el tiempo mientras hable en público. Confundidos, le explicamos que eso contradice lo que a uno le recomiendan los expertos en protocolo, que mover las manos distrae a la audiencia. Una vez, dijo ella, supe de un tipo que hizo una presentación con las manos en los bolsillos y en todo ese tiempo ni hizo sino tocarse la cosa más horrible. ¿La cosa más horrible? La cosa más horrible.

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