Santa Maradona

La industria editorial dic 21, 2011

La escritora Lucía Etxebarría dice que deja de publicar libros tras haber “comprobado que se han descargado más copias ilegales de [su] novela que copias han sido compradas.” Ella no ofrece mayores razones que esas y el asunto tiene un tinte melodramático desde el principio. ¿Cómo ha hecho para medir el número de copias piratas? La gente, a su vez, reacciona a la noticia en tono irónico. ¿Existe otro en esta edad del copyleft?

Hernán Casciari, patrón del imperio Orsai, se une al tema con una respuesta bastante lúcida.

A nosotros nos ocurre lo mismo (…) Vendimos siete mil [ejemplares de la revista Orsai], se descargaron seiscientas mil.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: «qué bueno, cuánta gente me lee». Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: «qué espanto, cuánta gente no me compra».
El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Yo estoy con Casciari en esto. Hay un mundo nuevo y un mundo viejo en el que hacer las cosas. De elegir, mejor elegir el mundo nuevo. Pero su argumento no me convence del todo. No me convence del todo desde el punto de vista financiero, el puramente capitalista.

Etxebarría cree que quienes de alguna manera piratearon sus libros lo hubieran comprado si no hubieran tenido manera de piratearlo. Eso es, creo yo, fundamentalmente falso.

Casciari cree que no importa, que la copia ilegal es positiva o a lo sumo irrelevante, porque la copia ilegal atrae también a posibles compradores y el efecto neto es positivo siempre, y lo es lo suficiente como para ofrecer el libro gratis. Eso puede ser o no ser cierto, pero asume, y esto es lo fundamental, que para que sea cierto Etxebarría y cualquier otro autor en sus condiciones debe hacer lo que hizo Casciari, despedir a su editorial y hacerlo todo ella, la edición, el mercadeo, más mercadeo, el diseño de los libros, la negociación con las librerías (o la administración de la tienda por internet), es decir toda la vaina que las editoriales hacen además de escribir el libro. A cambio está, por supuesto, la ventaja de una mayor parte en la distribución de regalías. Es decir, si el asunto es de plata, siendo independiente necesitas vender menos libros que necesitarías vender en una editorial para ganar la misma cantidad.

Se cae de maduro que lo que aconseja Casciari no le funcionará a todo el mundo. Y el consejo es un poco como si George Clooney te dijera que cualquiera puede ser estrella en Hollywood y que lo importante es empezar mudándose a Los Angeles: buen plan, pero fácil para él decirlo. No hay que olvidar que a Casciari le ha tomado un tiempo llegar hasta aquí, el éxito de la revista Orsai, formidable y todo, empezó con un blog hace ya más o menos diez años. Un blog tremendamente popular, de una popularidad que se antoja menos asequible en estos tiempos de mayor oferta, que lo ayudó luego a publicar con editoriales tradicionales y a consagrarse como autor. En ese tiempo, Casciari formó una audiencia increíblemente leal, fiel, que impulsó notablemente la idea de la revista. Estos no son simples visitantes a una página, son una comunidad que considera propia la revista. Esto es un bien muy valioso y muy difícil de alcanzar. Hay que verlo en las pequeñas cosas, cuántos de ellos posan para la foto con un ejemplar de la revista o acuerdan en los foros para comprar el paquete de revistas que llegue a un lugar en donde no hay distribuidor o, digamos, se apresuran a los comentarios nada más por el honor simbólico de gritar “primero!”. Dudo que Lucía Etxebarría, siendo popular y todo como es ahora, pueda lograr tal cosa de la noche a la mañana. Hay que empezar por alguna parte, sin embargo.

Si yo fuera un escritor novel, haría lo de Casciari. Es la ruta larga, supongo, pero es la ruta.

Si yo fuera un escritor consagrado, sin embargo, intentaría otras cosas antes. Y lo primero es presionar más a los que manejan el negocio. Esta industria editorial, casi que por completo, ha demostrado una ignorancia alarmante en los asuntos de internet y el nuevo comercio global que ya la cosa raya en lo negligente. La experiencia de comprar es un desastre, sitios mal diseñados que son poco más que una lista de títulos con una opción de “añadir al carrito”, muchos de los libros no ofrecen siquiera una muestra del libro, un primer capítulo, digamos, que permita al comprador decidir si le agrada la escritura que hay dentro. No hay maneras de interactuar con el autor. No hay maneras de interactuar con los otros lectores, de recomendar el libro a tus amigos. Si a eso vamos, en muchos casos no hay ni siquiera manera de acceder a una copia electrónica del libro para leerlo en el Kindle, iPad o el computador, aparaticos que hacen que la clientela potencial no sea ya un pais sino el mundo redondo y entero. En una época en que nos quejamos de que hay menos lectores y más cosas compitiendo por la atención de éstos, las editoriales miran hacia el otro lado, hacia el pasado, confiando firmemente en que lo que funcionó antes funcionará después. Que es, ironías de la vida, la misma actitud de la industria discográfica cuando se encontró con napster. Y ya todos sabemos que esa historia tuvo un final feliz.

Yo creo que hay una oportunidad aquí, en alguna parte.

Comentar

  1. Casi de acuerdo.

    Cuando leí lo de Casciari también me dio la impresión de que estaba proponiendo algo que sólo personas como él, que crecieron —para qué negarlo— auspiciados por la industria de la que ahora denigra, pueden hacer con éxito. Usted dice que todo fue gracias al trabajo del blog, pero el trabajo de ese blog fue amplificado rápidamente por medios y editoriales que estaban boquiabiertos con el formato en ese momento.

    Lo anterior me obliga a estar en desacuerdo con la afirmación de que los autores nóveles pueden seguir el ejemplo de Casciari. El éxito de Casciari fue coyuntural. Los blogs ya no son la novedad que era ni cuentan con la audiencia potencial que alguna vez tuvieron. Ya no hay periódicos ni editoriales atentas. Ya no son el centro de la cosa social en línea. Ahora hay herramientas más ágiles diseñadas específicamente para eso que capturan toda la atención.

    Si yo fuera L.E. creo que seguiría el consejo de Casciari. Son ellos, los ya vendidos, los ya consolidados, los George Clooneys, los que pueden darse el lujo de convertirse en editoriales de sí mismos. Ya tienen el público que necesitan para lograrlo.

    Los autores nóveles la tienen difícil. Sin público ni canales ni mundo editorial interesado por renovaciones es muy jodido abrirse un espacio. Al final los que logran conseguir alguna notoriedad dependen más de los contactos que de su talento. Promocionar y vender un libro sin tener la atención de los medios culturales establecidos (o un aparato de propaganda como el que amasó Casciari por diez años) es prácticamente imposible.

    j. · dic 21, 14:07 · #

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