Santa Maradona

La cara amable dic 18, 2011

Cuando mis amigos colombianos me visitan en Estados Unidos se alarman por lo que ellos reconocen como la frialdad de la gente. En una ocasión en que fuimos a un supermercado me ofrecieron como ejemplo el que no había empacadores dispuestos a llevarle el mercado al carro a uno, de hecho, no los había tampoco para empacar el mercado y ha sido el mismo cajero el de la doble labor. Menos mal, pensé yo, que evité la sección de cajas auto-servicio en donde uno mismo se registra lo que compra, lo empaca y hace la transacción financiera con una máquina con voz de mujer robot.

El otro día fuimos a mercar en Medellín. Es de las primeras cosas que hacemos cuando venimos de vacaciones. Compramos frutas que no se consiguen allá, y mecato de diverso valor nutricional, y queso pera relleno de bocadillo. Y achiras. Entramos a un Carulla porque a mí me pareció, juzgando apenas por el nombre, más criollo que la alternativa: “El Euro”. Y mi parecer se equivocó, en su lugar nos topamos con un supermercado gringo, un supermarket y tal con productos “organicos” y ventas de sanduches en lugar de pastel de pollo o almojábanas. Las estanterías con amplia variedad de productos importados. Buscando otra cosa me topé con la sección de sopas enlatadas en donde vi el logo del supermercado local en California, esos productos genéricos que las cadenas de supermercados venden a menor precio. Eso me sorprendió un poco: por un lado yo entiendo que la gente quiera probar algo de lo de afuera y que no puede por otro medio; por otro lado se trata de una trampa moral porque no es eso lo mejor de lo de afuera, si acaso represente lo que comen allá lo de acá es mejor.

Pero el servicio es otra cosa. Te atienden las preguntas, te llevan el mercado a la casa, te tratan de “señor”, te ofrecen tinto o aromática mientras te registran la compra. La Chica aceptó la oferta y recibió una aromática de frutas. Al ver mi mirada de reproche, me respondió “hay que gomosear.”

Yo sufro en Medellín con el concepto de servicio amable de la ciudad. Debe ser que con los años me he vuelto más gruñón y antipático, que me ha terminado por gustar el método gringo de usté defiéndase solo. Acá es imposible entrar a una tienda sin que te pregunten qué está buscando o en qué le puedo ayudar, y los almacenes más grandes están diseñados lo más confuso posible casi que sugiriendo que preguntes algo para que consigas lo que quieras. En el Parque Explora, que es una genialidad genial, hay empleados cada dos metros, recordándote no apoyarte en los vidrios o estar todo el tiempo detrás de la línea amarilla o dispuestos a recitarte lo que con toda seguridad debe ser un libreto sobre el pescadito en la vitrina o la atracción de turno. Ese vicio de preguntar. En Colombia lo preguntamos todo, incluso lo que nos dicen para asegurarnos que oímos bien. Lo grave es que no siempre tenemos las respuestas verdaderas. El otro día me fui a buscar una copia de Ejercito Enemigo, la novela de Alberto Olmos. Cuando me di por vencido buscándola yo mismo le pregunté a uno de los vendedores. ¿“Ejercito de un amigo” de Alberto Hoyos? me pregunta de vuelta. Yo le aclaro. Le pregunta a los gritos a un colega. El colega le pregunta que si Alberto Hoyos es colombiano. Yo me pregunto eso que tiene que ver. Y le digo que creo es español. Luego el colega se va a la sección de literatura universal que es donde yo he estado buscando antes sin éxito. El colega regresa con la noticia de que no tienen nada de Alberto Hoyos. Yo quiero corregirlo, que es Olmos, pero me absorbe la nostalgia y con un muchas gracias simplemente me voy.

¿Son más eruditos los vendedores de libros en Estados Unidos? No, ellos simplemente usan el computador para investigar el catálogo.

Los restaurantes son la anomalía. En Estados Unidos, el juego está en mover mesas, la esencia del restaurante como negocio. Usté se sienta y el mesero de inmediato está preguntándote lo de tomar o lo del aperitivo. La comida es casi que inmediata. No recuerdo un restaurante en donde haya estado yo 15 minutos sin recibir la comida y sin preocuparme si me iban a atender. En esos casos, mucha gente simplemente se va. No hay paciencia para esas cosas. Lo que no es lo mismo que estar de afán o el cliché de que los gringos no saben divertirse. En un restaurante colombiano alguna vez pedí un jugo y me dijeron que el que hacía los jugos ya había cerrado su parte. Esto es un improperio contra el capitalismo en donde el cliente siempre tiene la razón. Pero aquí comer es distinto. Aquí comer me gusta más porque yo soy muy lento para esas cosas.

Usté no sabe lo que es presión hasta que vive en una casa en donde el grito de guerra es el que acabe primero le ayuda a su compañero. Yo aprendí todo lo contrario.

Un taxi en Medellín es una particularidad. Lo prudente es pedir uno por teléfono aunque no siempre y últimamente casi nunca se encuentran disponibles en horas pico. La aventura de tomarlo en la calle es una lotería, muchos taxistas al oír la dirección dicen simplemente que por allá no van. La suerte de uno es ir para donde el taxista vaya y que así lo lleve. Desconozco las razones de la costumbre, y lo que a uno se le antoja pensar es que el del taxi debe ser tan buen negocio que se permite uno escoger el cliente.

Así es que es bueno.

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