Santa Maradona

Estación jun 04, 2012

En ese tiempo, cuando todavía eramos nosotros, me preguntaba por la despedida. Si es mejor desaparecer por completo y de inmediato o dejar desgastar la presencia. Yo decía lo primero, obvio que lo primero, convencido de la convincente probabilidad de lo segundo. Siempre que me sacaba este tema, me hacía recordar mi desaparición. Nunca le conté esa historia, porque fue una desaparición temporal, dejé de ser y luego volví en un abrir y cerrar de ojos, o en un forcejeo entre extraños.

Mi papá trajo a la casa una de esas pistolas para pintar carros. Yo le pregunté cómo funciona. Y me dijo no la toques, que la dañas. Yo quise saber qué tiene que ver lo uno con lo otro. Cuando una tarde él había salido con su amigo Dago a tomar cerveza en los bares del centro, encontré mi oportunidad de averiguarlo. No la dañé. La hice funcionar y en las paredes del patio escribí las letras eln. Pensé que eran unas iniciales, eran unas iniciales, las había visto por todas partes en el pueblo, algún intenso enamorado, algún egocentrista en demostración, pensé. Mi papá en su borrachera hizo una pausa a la golpiza para explicar el origen verdadero de las siglas.

El bus para el pueblo salía a las once de la noche y mi papá insistió, como hacía siempre, que estuvieramos en la terminal de los buses tres horas antes. En la mañana habíamos conseguido los tiquetes, la anticipación era absurda. Mi papá compraba un café. Yo llevaba una chaqueta de jean, mi favorita. En el bolsillo izquierdo el walkman grabando horas y horas de la radio de la ciudad para escuchar en el pueblo en modo infinito. En el bolsillo derecho, el que iba en la parte de adentro, el álbum de láminas del mundial, faltándole cuatro para ser completo. Lo recuerdo porque justo cuando iba por él, para distraerme un poco en la espera sentí el jalón determinado del brazo de un hombre. Con que acá estabas!, gritó la voz en mi dirección. El brazo determinado me arrastraba por la estación. Mi papá sin café en movimiento de ágil persecución nos alcanzó justo antes de las escaleras de la salida y tomándome del otro brazo me disputó al tirano. El tirano perdió. No sin antes permitirse una amenaza, apenas al comprender la inminencia de la derrota nos dijo con los dientes apretados quien era él y quienes sus aliados.

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