Santa Maradona

En California nadie sabe que nos estamos volviendo viejos sep 28, 2013

Cercana la fecha, mis padres le preguntaron a mi hermana si en ocasión de su cumpleaños número quince quería la tradicional fiesta con el vestido pomposo, el vals, el asado, la formalidad o si quería alguna otra cosa. Mi hermana respondió que quería alguna otra cosa. Un viaje a San Andrés. Una moto. Un divorcio para ellos.

Mis padres se decidieron por la fiesta. Con el vestido pomposo cosido y bordado por una comitiva de amigas de la niñez de mi madre, con el vals que mal bailó mi padre como parejo, con el lechón asado abundante y grasoso. Sin el divorcio.

La única condición que puso mi hermana, bajo amenaza de simplemente no asistir a su propia fiesta, era que la dejaran absoluto control, de elección y veto, sobre la lista de invitados. Mi mamá, bajo amenaza de resolver todo el asunto a punta de correazos, concedió la elección de invitados pero le dijo no al veto, que al fin y al cabo la única que tiene derecho a decir quién entra y quién no entra en esta casa soy yo, que me levanto a las cuatro de la mañana para que ustedes tengan ropa limpia y comida en la mesa y vivan en un lugar ordenado y decente.

Lo que recuerdo de ese día es que los invitados llegaron tarde, muy tarde. Por lo menos un par de horas más de lo acordado, y cada uno en la casa lo aguantó a su manera. Mi papá oyendo los mismos boleros que dejaron de gustarle a la gente hace 20 años. Mi mamá sacudiendo lo muchas veces sacudido preguntándose lo que había hecho para merecer tal suerte. Mi hermano amenazando la lechona. Yo practicando los pasos del vals como líder de la corte. Y mi hermana en el teléfono llamándolos a todos, tratando de entender si era cuestión de olvido o cuestión de broma.

Fue apenas broma, por supuesto. Todos se habían puesto de acuerdo para burlarse del carácter ansioso y preocupado de la familia, y compensaron el mal rato parrandeando y haciéndonos parrandear hasta el mediodía siguiente.

No sé a dónde iba. Me acabo de perder en ésta memoria. Entre todo lo blanco y todo lo negro uno empieza a ver señales, pequeñas premoniciones, pequeñas moralejas. Supongo yo. Ver, por ejemplo, que eso es California para mí, curiosamente, una larga y malvivida espera para entender si lo que hay es olvido o apenas un malentendido de parte de dios. Sin nadie a quién llamar. O de pronto no, de pronto es otra cosa, de pronto es la vergüenza tardía por haber bailado una única vez un vals y no poder hacer nada para cambiarlo.

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