Santa Maradona

Dos oportunidades perdidas jul 26, 2012

Mi papá me llama de emergencia a contarme que el tío José María no ha logrado confirmar la veracidad o la falsedad de este asunto de los dos años perdidos. Esto es lo que ha pasado: la tensión en la casa había alcanzado el punto más alto en los últimos tiempos luego de la disolución del asunto de los bolsos. Mi mamá en un arranque empresarial ha tenido la idea de hacer bolsos de cuero argumentando un mercado local amplio y sin explotar. Se ha otorgado el título de Gerente, por supuesto, y ha contratado a mi papá como Jefe de Operaciones, lo que es una forma más o menos larga de decir que ella se encargaba de vender los bolsos que mi papá hacía.

Pero una serie de distracciones ha reducido todos los objetivos a cero. Esto es, sin que haya prejuicio o resentimiento alguno. Y entonces este año mi mamá se ha encontrado con ese espíritu emprendedor otra vez como tantas veces renovado y tras haber notado un mensaje publicitario en la emisora local (1200 kilovatios de potencia en antena!) ha puesto sobre la mesa una nueva propuesta: tomar estas clases de Microsoft Office y luego crear un negocio de digitación de vainas varias, para lo que aparentemente hay, como no, un mercado amplio y sin explotar.

Y ahí es cuando todo se ha puesto color de hormiga porque mi papá rápidamente ha dejado en claro que no quiere tener nada que ver con ese asunto y además (y entre los hijos el consenso es que ésta es la acción reprochable) ha intentado disuadir a mi mamá de tal empresa con una justificación algo tambaleante: “loro viejo no da la pata”. Hemos de asumir que se trata de una metáfora sobre esto de que hay un límite para todo, incluso para ofender. Mi mamá llena de furia ha reaccionado esta vez sin gritos e insultos, optando por el recurso de la agresividad pasiva. Lo que es una manera larga de decir que se ha puesto a limpiar y ordenar la casa utilizando un excesivo vigor (palabras de mi hermano).

En esas andaba cuando (asumimos, todavía presa de la ira) se fue mar adentro al cuarto del reblujo, un área de la casa fiel a su nombre. Allí se ha topado con una caja muy vieja y adentro entre otros recuerdos la partida de bautismo de mi papá, quien ha encontrado el incidente muy del común y del corriente hasta que una inspección más detallada del documento generó la duda que aquí nos ocupa: el año del nacimiento ocurría en este caso dos antes que en la cedula de ciudadanía. “Dos años perdidos” es como mi hermano (tal vez de forma insensible) ha interpretado las cosas.

La mala noticia es que no hay nadie que pueda verificar cual es la versión correcta. O, al menos, sugerir alguna teoría sobre lo que pudo haber pasado. La última esperanza era José María quien ha declarado sin muchas arandelas que no se acuerda. Mi papá, siempre el optimista, le sigue diciendo a todo el mundo que tiene dos años menos de los que tiene. El otro día, mientras me actualizaba en los detalles, me preguntó si yo que conozco a “hombres de ciencia” le podía contar si hay alguna técnica para decidir sin lugar a dudas cuantos años es que uno tiene “como hacen con los árboles y los anillos esos de la edad.” Yo le dije que le averiguaba el dato.

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