Santa Maradona

Despertadores abr 08, 2013

Cuando estaba en el pueblo era mi papá tomándose el primer café caminando por el patio hablando solo y a veces con “la mencha”, una chiva que compramos con la intención de hacer un asado decembrino y que una vez llegada a la casa mostró una familiaridad pasmosa con las peculiaridades de la familia que cuando llegó el momento festivo definitivo nadie tuvo alma para la ejecución y entonces se quedó viviendo como mascota entre nosotros hasta que se murió de vieja varios años después.

También era mi mamá que entraba al cuarto en la madrugada a apagarme el radio que yo sintonizaba en las noches en la radio nacional o cielo despejado mediante en radio nederland porque en ese tiempo le tenía un pánico enorme a la soledad o a despertarme y no encontrar a nadie, un pánico que se intercambiaba con ansiedad sin aviso de ninguna clase y que yo lograba (apenas) mantener a raya teniendo a la mano alguna voz constante. Mi mamá esclava de los pragmatismos señalaba todo ese tema como un simple innecesario desperdicio de energía eléctrica. Que, usté sabe, no la regalan.

Luego fueron esos despertadores baratos que uno compra en la calle y que tienen un tono súper alto y que suenan con una urgencia francamente fuera de lugar, no con compasión de alguien que tiene que salir porque no tiene alternativa sino con la crueldad del que se burla por el mal ajeno ignorando karmas y otras posibilidades de revancha. El mercado de despertadores afónicos, roncos, tenores es al parecer inexistente. El mercado de despertadores que entren en sincronía emocional con el despertado es una utopía que algunos quisimos ver como realidad.

En otro tiempo era la mamá de El Heredero madrugando a planchar la ropa del diario y que nunca encontró el método para despertarme sin pegarme tremendo susto. Teorizando alguna vez concluímos que se debía a su similitud física con los personajes de las películas de terror que vinieron con fuerza de Japón y Corea. También una vez en el consultorio de un terapista tratando de salvar lo inevitable teorizamos con la presencia de una metáfora que nunca cristalizó.

Ahora es una manillita multifuncional que durante el día cuenta cuántos pasos doy y lleva la cuenta de cuántas calorías voy quemando y qué cara estoy haciendo mientras las quemo y que por la noche se ajusta a un nuevo modo no tan activo y que uno no cuadra con la hora destinada a levantarse sino más bien con un rango de posibilidades, un intervalo de lo posible, y la manillita por obra y gracia de algunos seres invisibles dentro de ella logra determinar el momento óptimo para traerme de esa realidad de mis sueños que me gusta tanto a esta otra en donde es mi destino vivir.

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