Santa Maradona

Desconocidos en un tren sep 07, 2011

Rara vez uso Facebook. Lo hago apenas para enterarme en qué anda mi hermana y para compartir la foto ocasional. Pero no mucho más. No escribo en mi “Wall”. No hago “check-in”. No espío el “status” de mis amigos. A pesar de esto, tengo varios “amigos” en Facebook. Mi red social no es titánica pero puedo decir que con toda la gente que hace parte de ella he compartido en algún momento el espacio tiempo de verdad verdad. Estoy en Facebook desde hace mucho tiempo, desde la época en que el acceso estaba restringido a estudiantes universitarios y hacer “poking” era lo último en guarachas. Y con el paso de los años se convirtió en un recopilatorio de amigos. Una especie de Grandes Exitos de mi paso por el mundo interpersonal. Más que todo, gente del pueblo, y de Medellín. El otro día me encontré en la lista de actualizaciones, una que alertaba a la gente que la autora había cambiado de estado civil emocional. De “es complicado” a “soltera”. La última vez que miré había 57 comentarios. Casi todos simpatizando con la causa. Algunos ofreciendo un hombro para llorar, otros un oído abierto para el desahogo, y otros más pragmáticos ofreciendo irse de fiesta. Todos tienen un tono grave, como si estuviéramos en presencia del fin del mundo. Tal vez lo estamos. Ella se llama Juliana, somos amigos facebookianos de hace tres años, tenemos 19 amigos en común. Y yo no tengo absolutamente ninguna memoria de haberla conocido nunca. He estado meditando al respecto, sobre cómo remediar la duda. Preguntarle ¿tú quién eres? se me antoja descortés. Lo más práctico de hacer, he concluido, es preguntarle a los amigos: ¿Quién es ella?. Mirando la lista me doy cuenta que el caso de Juliana no es único. Hay como ella muchos más, casi todos. Hay un rostro, un nombre, la evidencia de un pasado juntos y la brutal realidad de haberlo olvidado todo.

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