Santa Maradona

De vuelta dic 02, 2010

La semana que viene viajamos a Medellín. Es la primera vez que vuelvo a Colombia en los ultimos dos años. La tercera en los ultimos diez. El viaje tiene un propósito: es la oportunidad para que mis padres conozcan a su primer nieto.

Por regla general, miro estas ocasiones familiares con recelo. No es facil acomodar diez personas por un período mas que breve de tiempo y que no hayan malentendidos, complicaciones, roces, frustraciones. Todas las familias son sicóticas, incluyendo la mia. Y la suya. Todo esto se sobrevive o se enmascara entre las cosas buenas, la oportunidad de vernos de nuevo, de recordar los buenos tiempos juntos, de poner a todos al dia en los buenos tiempos separados. La entropia familiar aprieta pero no ahorca.

El prospecto de malentendidos familiares no ayuda a disminuir la ansiedad que me llega antes de viajar. Y aunque ya lo he hecho varias veces, no me acostumbro a este recorrido. La primera vez que tomé el camino de regreso a Colombia desde cualquier parte fue hace cuatro años. Ya había vivido acá cinco años y la tierra empezó a llamar.

Medellín, por supuesto, estaba irreconocible. El resultado de una visión cosmopolita y la terquedad local, la ciudad volvió a ser la de la eterna primavera. Parques, areas verdes, mejor transporte urbano, la Medellín que me recibió invitaba a quedarse. Aun quedaban, por supuesto, algunos de los defectos de antaño. El trafico era invivible, carros y motos compiten a diario por pasar primero por calles que ya no se pueden ampliar mas. Los atracos continuaban. La inseguridad urbana contrastaba con el mensaje de dureza militar que el presidente de turno promovía sin cesar. La americanización continuó. La gente se iba de shopping. Los pelaos llevaban camisetas con logos de old navy. Las señoras compraban en bed, bath and barrel. Todo cambió y todo siguió igual, tanto y tan rápido que los que nos perdimos el drama nos perdimos para siempre y para ponernos al dia, para construir el camino de regreso no pareciamos tener otra opcion que volver a nacer.

El pueblo fue distinto. Volver allí fue como dar una explicación que nadie había pedido pero que ya se estaba demorando mucho. El pueblo na había cambiado mucho. Gente que se habia ido. Gente que se encontraba de paso. Gente que regresaba. Pero el pueblo seuia igual. Todavía sin sentir del todo la violencia terrible que lo azotó al final de la decada. Todavia con el optimismo sin sentido de siempre, del ya casi, del este año si, el Dios proveerá. Al regresar, me recibieron al mismo tiempo como si llevara media vida por fuera y como si apenas me había ido por un fin de semana. Gente amable, supongo. Con la humildad que tiene el tener muy claro el lugar que uno ocupa en el mundo, y la tranquilidad que tiene el saber que lo peor que puede pasar es que se acabe la cerveza.

La semana que viene volvemos a Colombia. Cada vez que esto pasa me atormenta una pregunta que no tiene respuesta. Que si hice bien en comprar este tiquete sin regreso. En no ver a mis padres hacerse viejos. En no ver a mis hermanos hacerse adultos. Que si hago bien en seguir aqui siendo de alla. Que si mejor esto que la promesa, lo que pudo haber sido.

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