Santa Maradona

Cómo decir adiós dic 09, 2012

Tal vez sea como dices, Mafe, y todos los males sean un mal de muchos. Hace mucho que no sé de Antonio, ¿será un lugar común decir que me alegra saber que está bien? da igual, supongo, él le pertenece al pasado y hace mucho tiempo que decidí dejar el pasado tranquilo. Nunca te conté el final de esa historia y para hacerlo podría escoger peores momentos que estos de ahora. Ese final empieza, por supuesto, con una mujer. Antonio siempre habló de ella con una fascinación de esas que no alcanzan consuelo, que es, si uno lo piensa bien, como algunas personas hablan del suicidio. O como hablan de irse a París a tomarse una foto, dirías tú. También para mí ella fue una confusión platónica. Era la época, qué le íbamos a hacer. Ella llegó al pueblo poco después de que te fuiste. Es bogotana, como tú, y llegó acá con 25 años (los mismos de ese amigo que mencionas, eso fue lo que me trajo el recuerdo). Era muy diferente a todos, y fue toda una revelación haberla tenido con nosotros. Sofisticada sin serlo. Inolvidable de esa forma en que lo es, digamos, una primera maldad. Le caía bien incluso a quienes les caía mal. Al hablar con ella, tenía ésta manera de hacerme sentir que en ese momento yo era lo más importante que estaba ocurriendo sobre la tierra. ¿Te ha pasado? cuando alguien te hace sentir que tienes toda su completa indivisible atención. En fin: genial. Hablé con ella por última vez hace unos cinco años, y ya no quedaba mucho de lo que antes fue, pero igual el recuerdo queda y quedó. (Tú dirías que tal vez fui yo el que cambió, tú tendrías la razón.)

Cuando te fuiste, me quedé sin amigos. Nunca tuve muchos, ya lo sabes. El año siguiente el colegio contrató un nuevo rector, un hombre culto y de buenas maneras, que impulsó muchos experimentos alrededor. Era del opus dei, si lo puedes creer. Uno de esos experimentos fuimos Antonio y yo. El experimento consistía en que él y yo pertenecíamos a ningún grado en particular; asistíamos a clases de matemática y ciencias grados superiores, teníamos un currículum especial para otras cosas como inglés y física y química que no alineaban del todo con el oficial. Él hacía unas cosas adicionales, yo hacía otras. Él hacía unas cosas con computadores, yo participaba en olimpiadas de matemática. Te puede parecer una admisión de arrogancia; pero no lo es, no lo era; en el fondo no era algo del otro mundo: en lugar de un salón de clases íbamos a otro. Apenas una pequeña distracción de formas en lo que era una normalidad espantosa y adolescente: él seguía siendo popular e infalible con las chicas, tal vez más que siempre, y yo seguía estoicamente atormentado por la batalla dermatológica de primer nivel que se jugaba en mi propio campo, y soñando todos los escenarios posibles en los que Dianita Olmos, de mis sueños, descubría por fin el fantástico tipo que yo sería en cuestión de tiempo y que aún no tanto.

Ella era profesora de biología y además nuestra tutora de química. Ella sabía muchas cosas. Del mundo, por ejemplo. Nos invitaba a almorzar en el club de empleados, y nos conseguía pases para entrar a la piscina. Hablábamos mucho de literatura y de filosofía y de ciencia. Ella fue quien me presentó a toda esa generación del quantum y ya sabes cómo me ha obsesionado todo ese cuento. Fue una amistad que nació de la nada y creció a toda prisa, sin ninguna razón aparente para lo uno o para lo otro. Si es como dices que la vida de uno es apenas una secuencia de equivocaciones y casualidades, el principio de la mía fueron esos días en su apartamento hablando de Borges y de De Broglie al ritmo de Madonna y Roxette. Fue en una de esas noches, en que ese mal de muchos que mencionas se convirtió en el mal de Antonio, y yo fui el observador desprevenido viendo los platos rotos sin querer limpiarlos.

En Antonio eran comunes esos estados de rareza atribuibles sin mucho pensar a algún desequilibrio hormonal adolescente. Déjame sólo que igual se me pasa pero no me dejes sólo que entonces no se me pasa nunca. Pensándolo ahora, creo que él quería hablar con alguien de esos tormentos pero no sabía por dónde empezar. Es como dices tú, uno se pasa la vida tratando de encontrarle el comienzo a las cosas. En el día éste del que te hablo, él y yo habíamos estado jugando tenis mientras ella, espectadora, leía, y luego, ella había estado nadando mientras él y yo hacíamos lo posible por no mirarle el culo en vestido de baño. Luego los tres volvimos al apartamento a recoger unos vídeos de Cosmos que ella me había grabado, y una cosa llevó a la otra. Era muy tarde. Tarde es un decir, te acuerdas lo sano que era el pueblo en ese tiempo que podíamos andar funcionando por ahí sin temores de ninguna clase. Ahora te roban, te violan, te matan, o las tres cosas al tiempo. Igual yo ya estaba pensando que era hora de irnos. Y es entonces cuando ella me dice, Óscar, me perdonarás pero tengo algo que hablar con él, podrías esperar afuera. Una pregunta sin interrogante al final, que lo era, apenas, en teoría. Seguramente yo lucía mi expresión de no entender nada porque me dijo otra vez, ahora con menor ambigüedad, que saliera. Entonces yo esperé afuera. No sé cuánto tiempo pasó, Mafe. Lo suficiente, dirías tú. Caminamos en silencio de regreso a casa. Yo aún por decidir si convertir el incidente en una ofensa personal o dejarlo pasar. Peores cosas se han perdido, me dije. Cada vez que Antonio quiso hablar se detuvo a tiempo. No dijo mucho, no dijo más. “Después hablamos.”

Esa noche dormí sin dormir. Tampoco lo hice en las que siguieron. Como en esas películas que haces tú, en esta parte de la historia podría uno incluir una canción de esas que sugieren al espectador lo que sentir, mientras en la imagen ocurren cosas, a toda prisa, inconexas, coherentes. Una de Paul Simon o una de Otis Redding. Antonio me habla poco, poco le habla a todos. Yo me refugio en mis clases de taekwondo. Quería pasar el examen de cinturón amarillo, ese mismo que había fallado ya dos veces al encontrar insuperable la rutina de quebrar tablas y baldosas. El tiempo pasa, la canción sigue. Hay una feria en Bogotá, no recuerdo cómo se llama, la feria internacional, creo. El hermano de ella trabajará en eso haciendo algo muy tremendo, qué sé yo, algo fantástico con pixeles. Yo no estaba presente, esto es, no fui testigo, de que ella le dice y pregunta, a él, que si quiere ir. Esto es, con ella. Será en las vacaciones de mitad de año, será divertido, será emocionante. Él dice no. ¿No?. No. ¿Por qué?. Algo sobre ir a escalar una montaña. Entonces ella me pregunta a mí. Yo digo: mi reino por ir a Bogotá. Me voy. Nos vamos. Monserrate, el museo del oro, el canon turístico capitalino, bla bla bla, Vamos a comosellama, Nemocón tal vez, en un tren, a Sogamoso después y vemos un puente en donde antes hubo una batalla imposible de ganar. Luego la feria, luego otras cosas. Luego la vida, dirías tú. Y luego él llama a esa casa y yo por una de esas coincidencias de las cosas contesto y hay uno de esos silencios incómodos al ambos darnos cuenta que ni él sabía que yo estaba allí y que ni yo sabía que había tomado su lugar. Y es la coincidencia lo que hace que la amistad se rompa. La canción sigue, abandona el segundo acto. El experimento continúa. Yo paso el examen de taekwondo, me meto a un asunto de estudio de cerámica indígena (no me acuerdo el nombre oficial) garantizándole otro lugar a mi mente. Luego ella me convence que estudiemos juntos la genética de Mendel y pasamos la mayor parte de un año en medio de las leyes de la herencia. Él se separa de nosotros dos. Todo sigue. Ella renuncia y se va a Medellín, algo sobre seguir un sueño. Más tiempo aún. Mi familia alarmada por mi desidia insiste en que haga un curso de preparación para los exámenes de admisión universitaria. Es en Medellín y ella ofrece su apartamento para mi estadía. Yo voy. Yo regreso. Él también va. Él también regresa. Mis problemas de perspectiva se hacen más grandes y los cambio por otros. La canción termina, porque la película tiene que terminar.

Para los dos, ese tiempo en Medellín fue como retomar donde habíamos dejado, sin mucho espacio para actualizarnos en cronologías. Y, sin embargo, también fue diferente. Ya no era infatuación. Quién sabe. Ya no tenía nombre. Seguía siendo algo platónico que aprieta fuerte, pero más relajado de las obligaciones de lo posible. Por primera vez la vi llorar. Por primera vez habló de ella, en primera persona, de las inseguridades y las virtudes y las promesas sin cumplir y todo eso. Por primera vez le conocí a un pretendiente, un profesor de matemática en una escuela cercana y dueño de una tienda de antigüedades, y que le trajo serenata tres veces en el mes que estuve ahí. Al terminar la serenata, cuando los músicos querían complacerla con alguna canción favorita, ella confesaba, conteniendo a toda costa la sonrisa, no tener ninguna Ella tampoco sabía qué hacer con la felicidad que estaba sintiendo. El día antes de regresar, mientras la esperaba para salir a nuestra comida de despedida, entré a su cuarto y fui directo al armario de la ropa interior, y con lo primero que agarré y el corazón en la mano, me masturbé con la furia de cinco años perdidos.

Te busqué en Bogotá. Daniel, que te recuerda mucho, me dio pistas sobre dónde podrías estar. Aunque yo sospeché que era inútil. Esa es una ciudad muy grande, y nosotros éramos muy pequeños, casi invisibles, para encontrarnos. Cuando nos graduamos, ella llamó a felicitarme. Muy bien, chino, que orgullosa me siento. Por la ocasión me regaló un libro y escribió a manera de dedicatoria una invitación a las armas: chino, no deje de sonreír. Y ese debió ser el final de la historia. Debió ser, digo, hasta que salí desesperadamente a buscarle otro. No sé por qué lo hice, Mafe, pero años después, cuando ya estaba acá en Medellín dando tumbos estudiando una cosa que no me quería estudiar a mí, decidí hacerle una visita sorpresa. Llegué a su casa, toqué tres veces y estaba a punto de darme por vencido cuando Antonio abrió la puerta. En ese instante pensé que todo termina como empieza: yo esperando afuera. Me invitaron a entrar, pero a mí me venció la alternativa. Sonreí y dije no, mejor no, que esto ya lo hemos vivido.

Diciembre, 2012

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Una nota y un favor: El texto de arriba lo escribí con la intención de incluirlo en el Manual de Comportamiento, un pequeño proyecto personal. Tal y como está el texto no me satisface. Sin embargo, tras releerlo y mucho pensar, no he podido dar con la razón de mi satisfacción. Entonces se me ocurre preguntar acá a los lectores que no sé si existen.

Si ha leído el texto sería tan amable de responder dos preguntas en los Comentarios: 1. qué le gustó (o qué funciona en el texto). 2. qué no le gustó (o qué no funciona en el texto).

No sería más, saludos por la casa.

¿Qué le gustó y qué no de este texto?

  1. Me gustó el estilo de la narració, como dentro de una carta, aunque también me pareció un poco confuso por momentos porque no supe por qué le contaba eso a Mafe.

    De resto todo me pareció muy chévere. El final está bueno. Debió salir en el manual.

    — j. · dic 10, 05:57 · #

  2. Creo que lo que no acaba de funcionar es el enfoque del narrador. Como comenta Javier, resulta confuso saber a quien se dirige el narrador ni porque os lectores tenemos acceso a lo que dice. Lo que funciona es la narración en sí.

    — Porteños · dic 10, 06:30 · #

  3. Me gustó en términos generales el hilo de la narración con final inesperado. En cierto puntos la redacción me pareció un poco como una traducción desde otro idioma.
    Tuve que releer para ubicarme de nuevo en la narración. De pronto falta saber por qué Mafe le trae esos recuerdos y hacer mas fluido el paso del primer párrafo al segundo que parecen ocurrir en diferentes tiempos.

    — csglr · dic 10, 12:12 · #

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