Santa Maradona

Bocachico ene 15, 2013

Mi papá asustó a todos en la casa con la queja de un dolor persistente en el costado izquierdo y la cosa pareció tan real que nadie tuvo tiempo de acordarse de las sospechas hipocondríacas de siempre. Incluso mi mamá, que considera que todo mal por grave que sea se cura con cantaleta, hizo una pausa en sus costumbres y le puso consternación al rostro. A urgencias fueron a parar y allí para alivio de todos el médico declaró con grado alto de certeza que el dolor era poco más que un viento encajado en una costilla de fácil resolución tomándose una coca cola de un solo golpe y luego esperar el eructo (o algo, las instrucciones se tornan difusas en este punto).

La serie de exámenes, sin embargo y para renovada consternación general, reveló un problema de presión alta, atribuible básicamente a que los años no vienen solos y esta es una de las cosas que traen, y ahora el viejo tiene que tomarse una pastilla diaria para ese asunto, que se la toma con juicio y sin protestar mucho, y sin antes contar uno de esos chistes terribles que dejaron de ser graciosos cuando nosotros los hijos pasamos la barrera de los seis años. Ejemplo 1: “una señora llega a la casa cansada, el marido le pregunta qué pasa y ella responde es que la medicina dice agítese antes de usar y entonces me fui a darle la vuelta a la manzana.” Espere que hay más. Ejemplo 2: “llega Juanito donde la mamá, mami mami en el colegio me dicen bocón. La mamá le dice, mijo no le hagas caso a esos envidiosos, ahora ve y trae la pala que te voy a dar el remedio”. ¿Ve lo que le digo?

Y el asunto hubiera concluido ahí si no es porque un par de semanas después el paciente anunció un nuevo síntoma, atribuible, cómo no, a estas pastillas que son la manifestación de un embolate que habráse visto porque una cosa si te digo estas vainas “en mi tiempo no se veían” (hemos de asumir que “éste” no es el tiempo del paciente a pesar de que la evidencia en contra de tal teoría es sencillamente aplastante). ¿El síntoma? unas ganas irracionales de comer pescado.

Si usté hubiera estado monitoreando la evolución de la socioeconomía del pueblo (y francamente no veo por qué no) se habría enterado que el año pasado, a principios, la cadena de supermercados Olímpica abrió allí una de sus sucursales (y la única en su clase) para delicia, sorpresa y angustia de todos los habitantes. El hecho no ocurrió sin controversia, por supuesto. Los comerciantes locales ya de por sí llevados de la jodidez percibieron todo el asunto como una amenaza a su bien vivir. Y lo de bien es en realidad un decir. Una propuesta que circuló ampliamente, y sobre la que hasta ahora ninguna autoridad competente se manifestó, pretendía limitar por ley lo que para muchos era una ventaja estratégica brutal e injusta: los horarios de atención. Con unos horarios más amplios y razonables la cadena empezó a robarle los clientes al comercio local, hasta ahí acostumbrados a abrir las puertas di tú a las cuatro de la mañana y a cerrar di tú después de almuerzo. Ese orden establecido ahora tan quebrantado estuvo muy bien para esta gente del común y del corriente acostumbrados a vivir sin afanes y sin las urgencias de, digamos, algún síntoma de carácter irracional que no respeta horarios o razones de ninguna clase. Gloria a dios por el capitalismo, si me preguntan a mí.

No venden bocachico en ese mercado. Es lo que me ha dicho. Es más, continuó, lo único que venden es un pescado ahí traído dizque del Vietnam (en efecto) y uno qué va a hacer con eso. Ni coroncoro venden, continuó en la indignación. Lo que no deja de sorprender; éste es, después de todo, el mismo hombre que no come huevo si detecta que la cáscara contiene algún residual minúsculo o de cualquier tamaño en realidad fecal de la gallina, y que ciertamente no es ajeno al patrón alimenticio del coroncoro, básicamente el pez local con el estándar más flexible para lo qué llevarse a la boca. Pero aquí estamos, preguntándonos si hay coroncoro en Vietnam, si valió la pena todo este capitalismo concedido y tanta indignidad entregada. De qué le sirve a uno que haya lo que uno no quiere que haya, me dijo. Y yo no supe qué decirle. De nada, supongo.

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