Santa Maradona

Antares feb 05, 2012

Entonces este tipo, un desconocido, tocó a la puerta. Mi hermana y yo lo habíamos visto dudar momentos antes, con esa desesperación callada del que lleva una mala noticia. Mi mamá escuchó atenta. Su sobrino ha muerto, dijo el hombre. Ha sido suicidio, por ahora no sabemos más. Mi tía entró a la casa, no se hablaba con mi mamá desde hacía tiempo ya, pero no hay nada como un desastre en desarrollo para poner las asperezas en perspectiva. Querían saber detalles. El hombre dijo no tenerlos. Ellas insistieron. El hombre tenía solo algunos. Ha sido con un arma. ¿Cómo la consiguió?. No sé, eso no está claro, solo sé que llegó, puso el equipo de sonido a todo volumen y luego hizo lo que hizo. ¿Quién lo encontró?. Un vecino ha escuchado un golpe seco y ha entrado en sospecha. Querían saber más detalles, cómo ha sido todo, cómo es que en las tantas posibilidades de alinear una vida nos encontramos con este orden tan trágico, tan brutal. Mi hermana y yo aprendimos el otro significado de la ruleta rusa.

Elkin era de amor fácil, se le habían conocido tantas novias como días al calendario. Rumbero, lenguaraz, simpático. Un hombre amable y feliz, el hermano mayor de una familia en la que hubo dos hijas y otro hijo más. Todos de la misma madre. Elkin era de un padre distinto, uno que no estaba, uno que según dicen dejó una huella tan amarga que mandó a la madre a una depresión crónica de la que no la salvó el alcohol y que complicó el cáncer. Pero cuando Elkin conoció a Genoveva dijo a todos que acababa de nacer un hombre distinto. Uno aplomado y responsable, uno de familia. Nadie le creyó. Se casaron, tuvieron un hijo primero y una hija después. Ya nadie se acordaba del Elkin original.

Genoveva tratando de explicar la situación se refirió a todo aquello como “la locura”. Eso que ella tenía por dentro que no sabía que tenía hasta que Elkin encontró el catálisis inadvertido. Hay cosas que pasan, no es culpa de nadie, no fue ausencia de amor, no fue falta de amor. Elkin llegó borracho a la casa. Había dicho que venía más temprano pero alguien en el trabajo quería celebrar que tenía plata gastándosela toda. Tomen y beban que yo pago. Elkin tomó y bebió. Genoveva consideró la alternativa por un instante. Iba a tener que limpiar vómito ajeno, iba a tener un esposo inservible al día siguiente y eso estaba bien, ella lo aceptaba, era parte del paquete en esta colombina de mierda que es el matrimonio, pero que tal de los días venideros, ¿habrá que destruirlo todo para que todo vuelva a ser mejor?. La discusión se salió de control. El uno dijo una cosa, la otra dijo otra cosa más. En el punto más alto de la ira, Genoveva tomó el cuchillo que doña Alicia había afilado esa mañana para arreglar una gallina, y lo empujó hacia Elkin, tres veces, sin dañar ningún organo vital pero eliminando para siempre la posibilidad de una vida feliz entre los dos. Elkin se fue. Genoveva se quedó.

Hay que avisarle a Elkin, anunció mi mamá. No todos estaban seguros. Se consideraron razones, se examinaron cronologías, se evaluaron conjeturas. Alguien encontró la clarividencia en la tragedia. Hay que avisarle y que el destino decida. Una comitiva salió a la oficina de Telecom. Tu hijo se suicidó, le dijo mi papá, de las nueve noches, te quedan ocho. Son muchos ríos que cruzar, dijo Elkin. Son menos de los que tú crees, respondió mi papá.

No sé que decirte, Mónica, algo lo delató. Tal vez fue un párpado parpadeando a una velocidad menor, tal vez fue el corazón esquivando un latido. Ese día, viéndolo de pie frente a su hijo, el agua del hielo derretido que habíamos usado para conservar el cadaver mojándole los zapatos, todos perdimos algo. Hay un momento en que eso que uno tiene adentro, la mano que mece la cuna, el alma, el éter, la guevonada, te deja atrás, y quedas entonces en el limbo de no poder no estar vivo y no poder seguir viviendo. Los hijos tenemos la ventaja en la mano, supongo, vamos viviendo y cargando el bulto de lo que dejaron los otros y vamos en el camino encontrando otros padres, otros mejores, otros que no siempre son de carne y hueso pero otros al fin y al cabo. Al revés ya no tanto, los hijos somos la última trampa de la vida, son tu chance a la inmortalidad y tal, pueden crear bandas de rock y escribir canciones que treinta años más tarde todavía le enseñen a la gente el secreto de estar vivo, o pueden llegar a ser presidentes, o centrodelanteros, o escritores, o pueden un día decir que no quieren ninguna parte de este mundo y entonces no te quedan sino ríos que cruzar.

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