Santa Maradona

Algo que vale la pena recordar jul 04, 2012

Me trasnoché viendo Indie Game: The Movie, un documental que sigue a cuatro desarrolladores de video juegos en el final (o el medio) de esa aventura. Es un negocio lucrativo, todo parece indicar. Esto es: cuando sale bien. Cuando sale mal, parece llevar a la locura o a una tristeza para la que no hay lágrimas. O cosas así.

Estos desarrolladores son “independientes”, es decir que no están afiliados a una compañía enorme con grandes recursos. En general trabajan solos o en parejas. Invierten algunos (varios, dos o tres) años en construir su juego (estas cosas toman mucho tiempo) y al final del camino lo venden a través de internet o XBox live o… y luego vuelven a empezar el ciclo.

(Mi carrera como videojugador terminó con Super Mario. Una manera de verlo es que soy un dinosaurio digital. Otra manera de verlo es que me retiré en la cima.)

El caso es que la pregunta obvia lo que un observador independiente querría saber es si, digamos, vale la pena tanto sacrificio, pero también es qué pasa si, digamos, la cosa es un desastre comercial o crítico o los dos. La forma de la respuesta tiene mucho que ver con la personalidad del que responde, por supuesto, pero también tiene mucho que ver con la tolerancia del que responde para mentirse a sí mismo. Y como yo lo veo, la pregunta y la (hasta ahora indefinida) respuesta valen no solo para un videodesarrollador, sino también para cualquier persona que haya ideado un plan, enfrentado al destino y tal, uno incierto y sin demarcar.

Entonces este man responde y dice que pues no le importa. Que si el juego no vende no importa, que si a la gente no le gusta, no importa. Que lo que importa es si a él le gusta el resultado. Lamentablemente, el man no ha ofrecido muchos más detalles sobre ese estándar personal, le ha bastado con sugerir que es muy muy alto. Tan alto que desde aquí casi no se ve.

Y pues, yo no lo sé de cierto, pero me parece que el man estaba diciendo mentiras.

Esto es David Foster Wallace en un ensayo titulado Presentador (aparece en Hablemos de langostas), hablando de lo difícil que es hacer un programa de radio de esos de opinión en los que el locutor habla y opina sobre todo y nada en particular. Es dfw, pero el que habla es uno de los empleados de la emisora.

—Lo asombroso es que cuando coges a gente nueva que cree que puede hacer una tertulia radiofónica, te los quedas mirando la primera vez. A los tres minutos ya tienen una mirada que dice: «Oh, Dios mío, pero si me quedan diez minutos, ¿qué voy a decir?». Y eso me ha pasado mucho a mí. Así que terminas hablando de ti mismo [algo que, por complejas razones filosóficas, el productor desaprueba], o bien terminas refunfuñando.

(…)

— Me acuerdo de una vez en que me paré después de cinco minutos. Simplemente había acabado, y se pusieron a decirme: «Eh, ¿qué haces? ¡Que te faltan diez minutos más!». Y yo les dije: «¡Es que no sé qué más decir!». Y eso es lo que pasa. A ese gente que piensa: «Oh, yo puedo hacer tertulias radiofónicas», pues bien, no es tan fácil como parece. Mucha gente no lo aguanta en cuanto han probado, ya sabes: «Caray, ¿tengo que llenar todo ese tiempo y además ser interesante?».» Luego, a medida que pasan los días y sigues haciéndolo, hay algo que te va quedando absolutamente claro. En la radio en realidad no estás actuando. Eres . Si nadie reacciona y los índices de audiencia son bajos, eres tú quien no les gustas.

Algo que vale mucho la pena recordar.

El punto es que si importa si a la gente le parece o no le parece. Que uno no es una isla y todo eso.

El punto es, le estaba diciendo, que a veces uno haciendo, digamos, un blog, se siente como el man que solo escucha discos en acetato porque son los que llevan el sonido más natural y que, en consecuencia, constituyen la forma correcta de acceder al medio musical, y que le dice todo esto a un montón de gente que solo entiende en mp3.

Acá lo urgente de resolver es: exactamente qué quiere decir tener un video juego que no se venda, un blog que nadie lee, una cuenta en tuiter que nadie sigue, una carrera que no lleva a ninguna parte o por lo menos a una que no es bacana en el sentido dewittiano de las partes bacanas (escalar el himalaya, perderse en la Amazonía, curar el cáncer, etc). Vale mucho la pena recordar lo que hay en juego, pienso yo acá en la cocina, en este suburbio, en este celebratorio informal de un imperio cumpleañero.

Se han desactivado los comentarios a este artículo.