Santa Maradona

2 ago 31, 2011

S. cumplió dos años. Para celebrarlo, comimos ponqués de zanahoria (sus favoritos) decorados con trenes. Recibió muchos regalos de sus amigos, incluyendo un carro de bomberos, una colección de trenes de Thomas, un rompecabezas y muchos legos que ahora están regados por toda la casa y que me chuzan los pies cuando camino por la sala en las mañanas todavía medio dormido. De nosotros recibió un mini-piano de esos electrónicos y unas congas, porque nos ha salido bien musical. Queríamos regalarle un iPod Touch porque se ha vuelto aficionado a jugar algunos juegos en nuestro iPhone, pero no le hemos podido conseguir uno que se ajustara al presupuesto. La familia en pleno ha desfilado por Skype para saludarlo y él los saluda a todos deseándoles un feliz cumpleaños de vuelta. Cuando le preguntan cuántos años tiene, él contesta “2 camiones de la basura” y muestra cinco dedos de la mano.

A uno padre primerizo le llueven los consejos. Algunos solicitados, algunos no. Casi siempre contradictorios. En esto de tener y criar hijos todo el mundo se siente dueño de la última verdad. Yo casi nunca escucho esas cosas, he dejado todos esos asuntos a cargo de mi buena estrella. En lo que todos parecen estar de acuerdo es que los primeros años se pasan volando. Esto es cierto, creo yo, solo en retrospectiva. No se siente así mientras uno está metido en medio del drama. Pasa mucho. Mucho pasa. Mucho cambia, uno también. Un día uno es, y otro día uno es el mismo pero con un set multicolor de habilidades. Como las serpientes que cambian de traje dérmico de cuando en cuando. ¿Usté ha visto esa escena en Fight Club en donde El Narrador les está enseñando algo sobre el control, van en un carro y les dice que suelten el volante? Uno aprende lo mismo en la primera media hora, y la vida se reduce a objetivos modestos a corto plazo (cambiar el pañal, pasar por la seguridad del aeropuerto sin perder el laptop, la pañalera o el cochecito) y objetivos radicales a largo plazo (cómo vamos a hacer para pagarle la universidad, y qué tal si lo aceptan en Harvard?). Y en el camino adquiere uno un nuevo respeto por cosas que antes daba por descontado, como la fuerza de la gravedad o el poder de la cantaleta o de un regaño. La única manera de sobrevivir es soltar el volante y decidir sobre lo importante. Lo importante no es mucho, por fortuna.

Lo demás se va desvaneciendo en un pantano de irrelevancia. Cambia uno. Cambia todo. A uno le cambian los amigos. Se reexaminan las amistades con los que son padres también. Tal vez porque ellos tienen un estilo distinto, tal vez uno es el distinto, tal vez es que las horas de las siestas de los niños no alinean. Los amigos solteros exigen mayor dedicación. Están los que te recuerdan a diario las bendiciones de la soltería irresponsable (y uno secretamente se pregunta si este no será un consuelo de muchos y de tontos), o los que te manifiestan abiertamente lo descerebrado que es traer niños a este mundo lleno de tristeza, o los que a pesar de tener nula experiencia en el tema evalúan cada paso que das — por qué educarlos en el cristianismo cuando ser ateo es lo último en guarachas, por qué lo arrullas al dormir que lo vas a maleducar, por qué te has vuelto tan aburrido que ya no sales con nosotros los sábados por la noche, por qué… Y luego están los otros, los que validaron la historia de que se necesita una villa para criarnos los unos a los otros.

Con la mamá hemos llegado al acuerdo tácito de que todo lo bueno que es él se lo heredó a ella y todo lo necio me lo heredó a mí. Es por supuesto en broma porque para uno es virtualmente imposible encontrarle algo malo. Esas cosas siempre vienen de afuera. No sé si llevo dos años siendo buen padre. Si, digamos, dentro de un par de décadas S. tenga que revisitar estos momentos con la ayuda de un terapista, quejándose de que tal vez si mi padre hubiera expresado los sentimientos de esta o tal manera. Pero qué va, no hay manual para estas cosas. Es hacer lo que uno puede y esperar que lo que uno no puede no pueda mucho después. Ahí vamos.

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