Camino al trabajo escuché un episodio de Radiolab de hace varios años (!), titulado Where am I sobre lo que pasa cuando el cerebro y el cuerpo se desconectan con o sin razón. Dicen ellos (y Los Científicos) que esa vaina que uno llama miedo es la vaina que le sigue, la interpretación de algo, de una reacción fisiológica. Uno primero se asusta y después se da cuenta que se asustó. Y a veces la interpretación se queda aunque la fisiología haya dejado de existir.
Lo que es sorprendente.
Lo que es preocupante.
En las épocas con mi terapista ella insistía que hiciera el esfuerzo en reconocer la reacción del cuerpo ante una situación. Sentías una corriente helada en la espalda. Sentías dolor en el pecho. Sentías mariposas en el estomago. Ese camino de lo abstracto a lo físico es para mí una cosa imposible de recorrer. Toma algo de práctica, supongo, tal vez ni eso, tal vez haya que volver a nacer.
El punto es que hoy estábamos hablando de nerds y alguien comentó que fulanito el del otro extremo de la oficina es un nerd que no es nerd. Que aunque ha decorado su cubículo con afiches de Star Wars y muñecos de cuanta vaina ha llegado del Japón, en realidad lo hace no por una convicción que viene desde adentro sino en busca de una confirmación que llegue desde afuera. Las razones que motiven tal cosa permanecen de momento poco claras.
Seré yo un nerd que no es nerd. O un nerd a secas. Después de todo no me he familiarizado lo suficiente con la ciencia ficción de la comunidad, ya no leo cómics, ya no juego frente a una pantalla (me retiré del tema con el Super Nintendo), no conozco muy bien a Tolkien, o a Star Wars, de hecho esas películas las vi ya cuando era estudiante en Medellín y no causaron mayor impresión y ya francamente ni me acuerdo de qué iban. Cuando me gradué, el asesor de mi tesis me regaló un vasito conmemorativo en el que habían grabado una pequeña frase: “Live long and prosper” que me ha tomado un tiempo muy largo y vergonzoso en atar a la serie Star Trek. El punto es que no soy un nerd. Pero todo lo que va por dentro y que sale cada vez menos indicia lo contrario, que si lo soy. Y entonces mi condición de nerd debe ser como esos brazos fantasmas que suelen mencionar los amputados, que están cuando no están.
Cuando estaba en el pueblo era mi papá tomándose el primer café caminando por el patio hablando solo y a veces con “la mencha”, una chiva que compramos con la intención de hacer un asado decembrino y que una vez llegada a la casa mostró una familiaridad pasmosa con las peculiaridades de la familia que cuando llegó el momento festivo definitivo nadie tuvo alma para la ejecución y entonces se quedó viviendo como mascota entre nosotros hasta que se murió de vieja varios años después.
También era mi mamá que entraba al cuarto en la madrugada a apagarme el radio que yo sintonizaba en las noches en la radio nacional o cielo despejado mediante en radio nederland porque en ese tiempo le tenía un pánico enorme a la soledad o a despertarme y no encontrar a nadie, un pánico que se intercambiaba con ansiedad sin aviso de ninguna clase y que yo lograba (apenas) mantener a raya teniendo a la mano alguna voz constante. Mi mamá esclava de los pragmatismos señalaba todo ese tema como un simple innecesario desperdicio de energía eléctrica. Que, usté sabe, no la regalan.
Luego fueron esos despertadores baratos que uno compra en la calle y que tienen un tono súper alto y que suenan con una urgencia francamente fuera de lugar, no con compasión de alguien que tiene que salir porque no tiene alternativa sino con la crueldad del que se burla por el mal ajeno ignorando karmas y otras posibilidades de revancha. El mercado de despertadores afónicos, roncos, tenores es al parecer inexistente. El mercado de despertadores que entren en sincronía emocional con el despertado es una utopía que algunos quisimos ver como realidad.
En otro tiempo era la mamá de El Heredero madrugando a planchar la ropa del diario y que nunca encontró el método para despertarme sin pegarme tremendo susto. Teorizando alguna vez concluímos que se debía a su similitud física con los personajes de las películas de terror que vinieron con fuerza de Japón y Corea. También una vez en el consultorio de un terapista tratando de salvar lo inevitable teorizamos con la presencia de una metáfora que nunca cristalizó.
Ahora es una manillita multifuncional que durante el día cuenta cuántos pasos doy y lleva la cuenta de cuántas calorías voy quemando y qué cara estoy haciendo mientras las quemo y que por la noche se ajusta a un nuevo modo no tan activo y que uno no cuadra con la hora destinada a levantarse sino más bien con un rango de posibilidades, un intervalo de lo posible, y la manillita por obra y gracia de algunos seres invisibles dentro de ella logra determinar el momento óptimo para traerme de esa realidad de mis sueños que me gusta tanto a esta otra en donde es mi destino vivir.

I’m too busy to see you
You’re too busy to wait
But I’m okay, how are you?
Thanks for asking, thanks for asking
But I’m okay, how are you?
I hope you’re okay too
— Palo Alto, Radiohead
1.
Los oficinistas vivían en desdicha, irascibles, se reunían a horas impredecibles en lugares predecibles a quejarse del orden mundial, monólogos repetitivos en el contenido y en el tedio sobre lo mal que anda todo, que nadie hace nada por arreglarlo, que de todas maneras ya es demasiado tarde para intentarlo. Cuando los acompañé, siempre escuché, nunca lancé uno de los monólogos míos. Cuando fue el momento de dejarlos y cambiar de trabajo le pregunté a uno de los asiduos de ese descontento, por qué seguían allí. Este es, después de todo, un período próspero, lo es por lo menos para ésta clase de oficinistas del servicio y acarreo de bytes, y el conseguir una nueva aventura no se antoja utópico. No eran quejas, me dijo, estaban siendo honestos a su verdad, su doctrina es la infelicidad, en ella son completos, y no se van porque aquí se tienen los unos a los otros.
2.
La vecina golpeó a la puerta. En la mano tenía una pequeña pieza evidentemente separada con violencia de un carro. De su carro, me aclaró. Ha visto algo anormal, algún delincuente deambular en el barrio. Es lo que ha querido saber. Le dije no. Pero he visto la verdad. Estaba acá en la cocina, envuelto en la fabricación de una sopa de calabaza, cuando he oído algo retumbar, como un ruido de tambores afónicos, discúlpeme mis intentos por metáforas rebuscadas, es un defecto que traigo del pasado que es de dónde vengo, ¿usted también? qué curioso que vengamos de la misma parte y seamos tan diferentes, el retumbar fue el viento, no sé cómo explicarlo, un mini tornado en formación, fue una cosa maravillosa, levantó por los aires la mesa que tiene en el jardín, la rampa que usan los jóvenes para hacer maromas en sus patinetas, y toda la demás basura que usted mantiene frente a su casa y que ninguno de nosotros en la cuadra ve con buenos ojos. Es algo que los vecinos hemos discutido ampliamente. Fue la rampa la que una vez sin el soporte del viento ha caído en violenta libertad sobre su carro estacionado, ocasionándole heridas. No la culpo si decide no creerme.
3.
No es fácil crear un movimiento culinario. La mayoría, al escuchar la propuesta, se muestra entusiasmada, se deshace en elogios, llega (tal vez) al extremo de expresar interés en participar. Participación sujeta, cómo no, a encontrar el tiempo. No es fácil crear un movimiento culinario si antes hay que encontrar el tiempo. El colectivo de La Cocina Irónica compensa los pocos números y el escepticismo general por estas cosas con una inusitada pasión por la expresión libre de la emoción en medio comestible. Se reúnen cada semana en una sede que se rota entre las residencias de los miembros. No se discute de arte, asuntos actuales, anécdotas que no tengan conexión directa con la esencia del movimiento, no se hace “charla casual” (de hecho, hacerlo conduce a la expulsión unilateral), solo se cocina. Me invitaron hace un par de meses y la semana pasada fui a mi primera sesión de prueba. Sirvieron bisque de bocachico, langosta sobre una cama de arroz con huevo, coq au vin presentado con guantes de plástico para que los comensales comieran con las manos, foie gras relleno con quinoa y un colombiano presentó una interpretación de la bandeja paisa con frijoles fava importados de Egipto, tofu, quinoa y chicharrón, por supuesto. La próxima reunión es en mi casa y ya sé lo que haré.
Estábamos hablando del problema que presupone una crisis ontológica de la edad adulta para un adulto que no confía en la existencia de alguna cosa después de la vida y alguien trajo a colación la idea de Foster Wallace de que no existe en realidad tal cosa, siendo la cosa en cuestión lo de no creer en nada, siendo la nada la ausencia de todo, y yo que pensaba que lo que dfw quería decir era otra cosa y no un ataque directo a, por lo menos, la idea de ser ateo sonreí un poco pero hice mucha fuerza para que la conversación avanzara hacia otro lado que no fuera ese.
Chris Hadfield, el astronauta canadiense que por estos días vive en la estación espacial, y que entretiene a todos con fotos espectaculares en tuiter hizo una sesión de Pregúnteme lo que sea en Reddit y alguien le preguntó la pregunta obligada en este tipo de situaciones sobre cómo hace uno un simple mortal para llegar a ser tan exitoso y espectacular. Nadie le hace este tipo de preguntas a, digamos, un indigente, lo que no deja de ser algo pretensioso si uno acepta que en el universo de las probabilidades, está uno más cerca de eso que de irse al espacio a tomar fotos.
Y entonces alguien no el mismo que recordó lo de Foster Wallace hizo la conexión entre las dos cosas haciendo la pregunta hecha al astronauta a sabiendas de que todos éramos adultos con prejuicio ateo en encrucijada ontológica, apropiados autores en potencia para un hipotético Manual para fracasar con estilo. El punto es que no puede uno responder la pregunta (¿Cómo ser humano?) sin darle la oportunidad al melodrama que es lo que he hecho yo a dos tiempos. Yo supongo, es lo que he dicho, que la vida es impredecible y lo único realmente útil para navegarla son la disciplina y la facilidad para la adaptación. Otras cosas que quise decir y no dije: el futuro es una banda de moebius, el destino es un unicornio que te sirve en bandeja donuts envueltas en tocino, la fe es la chica bon vivant que conociste antes de que todos la conocieran.
Entonces dije lo mismo otra vez, con dos historias. Y esta vez fui honesto. Un director técnico golpeado fuertemente por el mal rendimiento del equipo último en la tabla y una hinchada en armas y una prensa en modo imperdonable hizo una pausa para sorpresa de todos y se internó en un hospital de esos de reposo en donde durmió tres días seguidos de una forma profunda y desentendida que la cosa llegó a parecer un coma auto impuesto. Al despertar el equipo seguía en el último lugar. En 1984 un astronauta estadounidense en el espacio estelar con una mochilita a la espalda hizo lo que hasta ese momento no había hecho ningún ser humano. Caminar en el espacio sin atadura alguna. La mochilita era en realidad un dispositivo de transporte pero uno tiene que imaginarse las centésimas de segundo previas a soltarse por fin, qué tal si esta vaina no sirve, qué tal si no hay regreso. Uno puede bailar un poco con las palabras pero difícilmente pueda uno no decir que lo que sintió el man fue otra cosa que un miedo ni el hijueputa.
La cosa es que a veces uno tiene la cabeza vuelta un aguacero y lo único sensato es irse a dormir. La cosa es que a veces uno tiene que ponerse una mochilita simpática y, digamos, dejarse ir. La otra cosa es que a veces puede uno ponerse en plan cursi y, digamos, escribir en un blog un asunto llamado “Proporción.”
Decide in your heart of hearts what really excites and challenges you, and start moving your life in that direction. Every decision you make, from what you eat to what you do with your time tonight, turns you into who you are tomorrow, and the day after that. Look at who you want to be, and start sculpting yourself into that person. You may not get exactly where you thought you’d be, but you will be doing things that suit you in a profession you believe in. Don’t let life randomly kick you into the adult you don’t want to become. — Chris Hadfield
Estaba aquí haciendo tiempo. No tengo tema. Estoy haciendo tiempo.
En realidad estoy evadiendo responder un correo, pero me gusta la idea de decir que estoy haciendo tiempo, como si el tiempo se pudiera hacer. Lo otro que estoy haciendo es encontrando un tema, que de momento no tengo. Este es uno de mis demonios, perder el tema, no saberlo encontrar.
La otra noche fui a ver a Ira Glass, un mancito que hace un programa de radio que vengo oyendo desde hace muchos años ya, y que vino a Berkeley a conversar de cosas varias. Fui solo, porque en general me gusta ir a estas cosas solo. No siempre fue así. Antes, cuando vivía en Colombia, de encontrarme solo me quedaba en la casa. Antes, cuando evitaba el uso frecuente de frases eufemísticas lamentaba simplemente no tener a nadie con quien ir a donde va uno con alguien que quiera ir a esas partes a las que uno también quiere ir. Si era cuestión de ir a cine, evitaba los viernes en la noche, o los sábados, o el fin de semana en general, que eran los días de preferencia por las parejas (entre otros). Pocas cosas tan inconvenientes como estar parado en la fila mientras te flanquean sendos amantes discutiendo qué tanto se quieren o lo insoportable que es la felicidad a veces. Antes no había teléfonos mágicos conectados a internet para disimular la vaina. Antes no había como ahora la oportunidad de comprar la entrada via cibernética y evitarse ese momento frente al vendedor de los tiquetes, las tripas propias en breve confusión, me vende una para “Los Expedientes X”. ¿una?. una.
Zadie Smith escribe sobre La Felicidad y La Alegría y cuenta las diferencias. Me gusta esta parte, por alguna razón.
“My other source of daily pleasure is—but I wish I had a better way of putting it—”other people’s faces.” A red-headed girl, with a marvelous large nose she probably hates, and green eyes and that sun-shy complexion composed more of freckles than skin. Or a heavyset grown man, smoking a cigarette in the rain, with a soggy mustache, above which, a surprise—the keen eyes, snub nose, and cherub mouth of his own eight-year-old self. Upon leaving the library at the end of the day I will walk a little more quickly to the apartment to tell my husband about an angular, cat-eyed teenager, in skinny jeans and stacked-heel boots, a perfectly ordinary gray sweatshirt, last night’s makeup, and a silky Pocahontas wig slightly askew over his own Afro. He was sashaying down the street, plaits flying, using the whole of Broadway as his personal catwalk. “Miss Thang, but off duty.” I add this for clarity, but my husband nods a little impatiently; there was no need for the addition. My husband is also a professional gawker” [Joy, Zadie Smith]
Comer era otra cosa. Entrar a un restaurante en solitario era una cosa nunca vista. Uno parado frente al maître d, a su vez debatiéndose entre el pesar y la prudencia, a su vez imaginando la complicación logística de sentar a uno sola persona sola en un universo diseñado para los acompañados; uno haciendo lo posible por ofrecer una imagen distinta, tal vez del empresario (bueno, del hijo del empresario) que hace tiempo mientras los demás se desocupan. ¿Yo solo? Es temporal. Es que de hecho me están esperando. Seguramente, en alguna parte.
Uno solo era en permanente evasión. La ausencia de la gente lo hacía todo a la vez más complicado y más inútil. Tal vez no inútil, tal vez más sinsentido. Cuál es el punto de ir a ver Los Expedientes X y no poder lamentar en compañía la absurda decisión de los productores de involucrar emocionalrománticamente a Mulder y a Scully.
El punto es que fui a ver a Ira Glass en Berkeley. Solo. A mi izquierda una pareja de viejos que se pasaron los diez minutos previos al evento rascándose alternadamente las respectivas espaldas (otra de las desventajas de andar por ahí en solitario) y a mi derecha ese santo grial del establecimiento socioafectivo moderno: un par de parejas en cita doble queriéndose por duplicado el doble que todos los demás.
Entonces Ira no decepcionó. Llegada la hora, finalizadas las presentaciones del caso y demás actos de protocolo. Las luces se apagaron. Y Ira empezó a hablar. Según dijo, él era, después de todo, un hombre de la radio. Contó un par de chistes, nos reímos. Contó una historia, y escuchamos. Y nos fuimos olvidando lentamente del escenario absurdo, cientos de personas oyendo a un man, sin poder ver a nadie. A uno se le olvidan estas cosas, es lo que quiero decir.
En los momentos más graves del año pasado le preguntaba de estas cosas a mi terapista. Es una pregunta increíblemente adolescente. Qué le vamos a hacer. Por qué fue todo así. Por qué no de otro modo. Es como el chiste del man que va en contravía por la autopista y llama a la policía a reportar que hay un montón de locos manejando en la dirección contraria. En algún momento uno se pregunta qué era lo lamentable que uno tuvo y que lo hizo forastero en todas partes.
Es obvio que Zadie y Ira y David y yo hubiéramos sido los mejores amigos de haber coincidido en, digamos, el espacio tiempo. ¿Por qué no lo fuimos? ¿En dónde reporta uno estas obviedades?
Se suponía que esto iba a ser algo más gracioso y sospecho que ha salido un emodesastre. Digo sospecho, porque no pienso volver arriba a leer. Le deseo suerte a los párrafos y le pido perdón a usté que siempre me sorprende leyendo hasta el final.