Santa Maradona

Sirena Varada may 10, 2012

Lucy se da un baño sin mojarse el pelo, se sienta al lado de la matrona, se toma el potaje y se queda dormida. Dormida en la cama en la habitación, cubierta por una sabana, parece parte del paisaje de la decoración. Frente a ella la matrona y el cliente discuten los pormenores. Solo una cosa le pido, dice la matrona, que no haya penetración. En esas palabras. Uno de los clientes encuentra absurda la proposición si no por lo moral, por lo biologicamente imposible. Los clientes tienen acceso a Lucy dormida y sin testigos le dan via libre a lo que hay por dentro, lo misógino, lo nostálgico, lo absurdo.

Esa es la película.

A Lucy dormida llegamos por un camino confuso, lleno de ideas sueltas, que empezó con ella declarándose a la vanguardia de nuestro tiempo, anunciando que su “vagina no es un templo” y que está dispuesta a compartir y compartirse, cosa que de paso la hace un elemento de ficción: estas mujeres no existen. Si en lo que vamos es que el hombre es esclavo de la conquista, la conclusión innegable es que la mujer, ésta y todas, le apetece ser conquistada. Es mandato del objeto del deseo hacerse desear con fuerza y dificultad, y no todo lo contrario.

Pero ese no es el lío. El lío es que el final es confuso. Ambiguo con esa ambigüedad de las películas de cine arte, demasiado convencidas de su intelectualidad. Pensé que deberían existir oficinas dedicadas a esto, un call center especializado, patrocinado en comunión por la empresa cinematográfica y el comité productor, al que 24 horas al día, 365 días al año, gente que tiene todas las respuestas responde el telefono para explicarte los finales ambiguos de las películas ambiguas. Ella gritó por esto. El héroe se suicidó por aquello otro. Que ocurre que todo ha sido un sueño.

En internet me encontré con la misma duda. ¿Qué quiere decir ese final? ¿Por qué no otro? ¿Por qué esos gritos? ¿Por qué esa reacción? ¿Por qué ella hace esa propuesta? Qué diablos pasó aquí.

En un intento de explicación, un crítico advierte que estos vacíos son necesarios. Es la forma en que el creador le hace sentir al espectador cosas fuertes, lo hace pensar, lo reta a involucrarse en la vaina. Que es como estos témpanos de hielo de los que hablaba Hemingway. Que uno puede omitir lo que quiera, y lo omitido no hará sino fortalecer la historia. Que se vea la punta que lo que no se ve es más fuerte. Asumiendo, eso sí, que el que está decidiendo lo omitido sepa de cierto las cosas que se pueden omitir.

Es así de aburrido como suena.

Se vale en las películas buñuelescas. Se vale en las novelas de gente en Paris. Debe valerse en la vida. Uno omitirse a sí mismo pedazos enteros de lo vivido. Si pasas acá setenta, ochenta años, descontemos lo innecesario, lo mundano, con suerte rescatemos lo sublime y, con más suerte aún, quedará algo que contar, no tanto una historia confusa llena de ideas sueltas con un final arbitrario y excéntrico y que nadie entiende del todo.

El ciclo de la indignación (Una abstracción) may 09, 2012

1. Un man (casi siempre un man) dice una torpeza y se asegura de que quede testimonio en video o audio. Ojalá los dos.

2. El pueblo reacciona con indignación. Que no cesa.

3. Políticos de todos los calibres se apresuran a distanciarse de la ofensa. También argumentan indignación.

4. El man de la ofensa sale a disculparse. Como es una medida de control de daños y no guiada por el remordimiento, la embarra más.

5. Algún iluminado advierte que la ironía de la torpeza es que aún si describe la realidad, lo malo ha sido haberla dicho en voz alta.

6. Esperar pacientemente a que alguien más la embarre, y seguir como si nada.

Penitencia abr 03, 2012

La cámara anecoica de los laboratorios Orfield de Minneapolis es el lugar más silencioso del planeta.

La ausencia total de sonido te hace muy consciente de lo que está pasando dentro de tu cuerpo. El corazón que palpita. Los pulmones que se inflan y desinflan. Los oídos que zumban. La sangre que fluye. En una cámara anecoica, uno es un organismo ruidoso. Sin la reverberación en la sala, no quedan otras señales de orientación espacial. Después de una media hora en la oscuridad, uno se desorienta. Con el tiempo, uno podría experimentar alucinaciones visuales y auditivas.

Entonces mi hermana decidió no hablar más. Yo había leído de estas cosas en cuentos y novelas. Gente que de pronto decide no hablar más. Mi mamá en desconcierto hizo lo posible por entender las razones primero, y por hacer que volviera a hablar después. Tal vez es un desequilibrio hormonal. Tal vez un trauma mayor, un novio prematuro, un lío de amigas. Las niñas tienen un talento especial para ser crueles. Vencida, mi mamá consultó a mi padre. Mi padre intervino. Mi padre falló también. Era un silencio facultativo. Se rompía para interacciones triviales del diario. Mi padre recordó un episodio con mi hermano, quien se tardó mucho para hablar. Preocupados en ese tiempo consultaron al pediatra, que calmó a todos con una estrategia sencilla: enseñenle a decir a malas palabras. Y santo remedio. Luego tuvimos que volver. Esta vez a preguntar cómo hacer para ajustar un poco las maneras, especificamente como modificar eso que salude con “Buenos Dias Malparido”, o que agradezca con un ortodoxo “Gracias, hijueputa.” Sin encontrar una conclusión satisfactoria, mi padre intuyó que estos silencios siempre están relacionados con una forma de ira, una muy profunda e intratable, o mejor, tratable solo con el tiempo y la paciencia de dejar que se resuelva sola. Un día cualquiera, mi hermana empezó a hablar de nuevo. “Que pendejada” fue lo primero que le oímos decir.

Le preguntamos hasta cuándo. Nos dijo que la promesa había sido hasta que el niño cumpliera los dieciocho años. Es imposible romper esa promesa. Eso quiere decir que no le cortará el pelo hasta esa edad, dijo alguien, en parte preguntando, en parte teorizando. La promesa no tiene que ver con el niño. El padre borracho se acuesta a dormir, despierta de pronto entre gritos, por instinto busca el machete, lo encuentra, se lanza a correr detrás de nadie en particular, sin ver en el suelo lo que lo hace tropezar. De frente al suelo caerá, el cuerpo sobre el machete, la cabeza primero sobre el suelo de cemento. Tres días después del coma, la esposa con desilusión en aumento opta por los cielos. En actitud no convencional, reta a su dios, interpreta La Escritura como una especie de contrato y exige que cumpla su parte. Como evidencia de buena voluntad, ofrece no cortarle el pelo al niño que en su momento tiene cuatro años por los siguientes catorce. Esto por que el padre vuelva a la vida. No me queda claro cómo se beneficiaría su dios con ese pelo tan largo sin cortar. Pero el padre vuelve a la vida. Y el pelo se deja sin cortar. En medio del silencio que sigue, veo a la niña, la uña del dedo pulgar más larga que las otras. No quiero preguntar, pero pregunto. Es imposible romper esa promesa, me explica.

Madurez abr 01, 2012

Mientras tanto en Troy, la ciudad de Rensselaer, donde hice el doctorado y me jodí la vida. Los fines de semana eran ahí todos largos y aburridos y todo un desafío. Una vez se calmó la novedad de todo y me formé una rutina dos cosas se quedaron. Mercar e ir a leer. Interrumpía para ir a pasear, a conocer Manhattan, Brooklyn, los Adirondacks. Mis profesores no querían que trabajara en el fin de semana. Uno de ellos tuvo una epifanía años atrás cuando uno de sus estudiantes se suicidó y desde entonces él era todo intenso con esto de que uno no debía hacer del trabajo la vida.

No es que a mi me hubiera tenido que repetir mucho ese cuento. Entonces uno de los días del fin de semana era para mercar y hacer cosas de la casa, lavar y eso. Mercaba en un supermercado llamado Hannaford. Era donde mercaba la crema de la nata. Mi presupuesto eran 25 dolares por semana. Era un poquito alto pero nunca he creído en esto de ahorrar con la comida, de ser posible no lo hago. Prefiero sacrificar otras cosas. Tampoco es que comprara cosas raras, lo normal, lo más caro era la carne que en Estados Unidos siempre ha estado del lado caro. También cosas nuestras como el platano o la yuca que son una rareza, necesarias para mi, y súper caras. Un dólar por un platano o algo así. Carísimo. El caso es que yo veía estos platanos, traídos de Colombia o de Ecuador con los loguitos de nuestras bananeras y me preguntaba por qué no saben igual. Acá es imposible conseguir los maduros que uno consigue en colombia. Entonces me explicaban que ocurre que los cortan muy verdes en Colombia y dejan que se vayan madurando en el barco. Los cortan más verdes que verdes y cuando llegan acá siguen siendo verdes pero no saben lo mismo. Entonces yo pensaba que yo debo ser como estos platanos. Salí de la casa más verde que verde y ahora no sé a lo mismo. Aunque madure.

Sabelotodo mar 13, 2012

En la casa había un juego llamado sabelotodo. Lo promocionaban como un juego para poner a prueba tus conocimientos en cultura general. Pero no: era un juego de memoria. Yo tomé esas cartulinas, leí las preguntas y memoricé las respuestas y fui invencible en el juego.

Habíamos llegado a Medellín y mi profesora de español me preguntó si estaba listo. Yo le dije lo único que uno dice en estos casos. Que había nacido listo y tal. Ella movió no sé que cielos y tierras y me consiguió una cita con un periodista del diario El Mundo de Medellín. A ver que sale, me dijo. Yo le había dicho a ella y a toda la gente que me conocía en realidad que quería ser periodista pero que en realidad no sabía que era eso que quería ser. En realidad esta vocación un tanto prematura venía de parte de Hemingway y García Márquez, ambos periodistas a su modo, uno de guerra, el otro abandonado en París. Entonces mi profesora me consiguió la cita para que hiciera todas las preguntas posibles sobre esta profesión fantástica que todo lo puede. A la entrevista llegué con una grabadora de esas que usan los reporteros curtidos, a la que le había puesto un casette en blanco y baterías nuevas y que al final de cuentas no supe ni como no grabó nunca nada. En la sede del periodico me atendieron con curiosidad, como esa sorpresa y fascinación con la que los adultos le hablan a los niños que pretenden hablar como adultos. Por dos horas estuvimos hablando de cosas varias, yo confiado que todo iba para siempre a este medio magnético tan mágico y eficiente. Cuando llegué al hotel quise oir la conversación y me encontré con una pared de ruido blanco. Me inventé todas las excusas posibles para mi estupidez, pero nunca me permití admitir la verdad. De vuelta en la casa, tomé el casette y lo metí debajo del armario enorme donde mi mamá guardaba los platos de las visitas. Y le dije a todos que lo había perdido. Y cuando mi profesora me preguntó si quería contar el cuento yo le dije que mejor no, que la cosa había sido muy personal e intransferible. Y finalmente, me juré no confiar nunca más en estos artificios convenientes que reemplazan la memoria y que lo hacen bien hasta que fallan.

Mi papá recibió un millón de pesos de herencia en el tiempo en que un millón de pesos todavía era plata y con eso compró un lotecito a tres cuadras de la plaza principal y luego llamó a su mejor amigo para que le ayudara a hacer ahí una casa. Entre ellos dos y unos siete meses la armaron. Mi papá la diseñó. Tal cual como le vino a una noche en un sueño, la casa que había de hacer para su hija no nacida. Todo muy macondiano, todo muy inclusive. Es una casa bonita, toda abstracta ella, con una terraza en la que se sentaba mi mamá a tomar el poquito fresco que había en ese pueblo infernal. Una terraza con un borde todo curvilineo en donde mis amigos y yo empujabamos tapitas de gaseosa jugando a una vuelta a colombia frenética. Una terraza que tenía además un huequito para el desague que además era el hoyo perfecto para jugar a la bolita de cristal. La casa fue lo que mejor hizo mi papá. La hizo con sus manos, desde un matorral lleno de culebras hasta este espacio encantado que servía para vivir y para jugar. Le puso un piso de granito que todavía sobrevive intacto. Le puso un cielo raso que separaba el calor del eternit de la gente de adentro. En el patio sembró árboles de guama, mamoncillo, limón, naranja, un mango traicionero que por poco se trae la casa abajo y, siempre el romántico, una mata bonches rojos. Y armó un quiosco de palma para tener en donde colgar una hamaca y que sirvió para todas esas primeras fiestas de cumpleaños de los hijos y después de residencia permanente de todas las abejas africanas del barrio. El viejo tenía veintisiete años cuando la hizo. Menos de los que tengo ahora. Esta edad existencial en la que gravito ultimamente, preguntándome exactamente para que ha servido todo este conocimiento de libros y tonterías y ecuaciones raras y bobadas aprendidas que no alcanzan para moverle el corazón a nadie, ni para jugar bolita de cristal por las tardes.

Y lo que le quiero decir es, tanto saber uno para terminar no sabiendo nada, y así.